Hay una pregunta que la mayoría de las novelas sobre la muerte prefiere esquivar, y es la más concreta de todas: cómo se organiza una vida cuando se sabe con exactitud cuánto le queda. La vida al final, lo nuevo de Bernhard Schlink, no la esquiva. La pone en el centro y la sostiene durante todo el libro sin desviar la mirada.
Conviene decirlo desde el principio: Schlink ha decidido apartarse del terreno que le dio fama. Desde El lector, su nombre quedó asociado a los grandes dilemas morales de la historia alemana del siglo XX, a la culpa, a la memoria, al peso del pasado nacional. Aquí no hay nada de eso. El conflicto es íntimo, doméstico, casi sin acontecimientos. Y esa renuncia —porque es una renuncia deliberada a lo que el público esperaba— es la primera decisión interesante del libro.
La comparación con El lector es inevitable y resulta iluminadora. Aquella novela funcionaba como una maquinaria moral de relojería, con su dilema histórico, su culpa heredada y su giro demoledor. Aquí no hay maquinaria. Hay un hombre, un diagnóstico y un calendario que se acorta. Schlink ha cambiado el gran teatro de la Historia por una habitación, y conviene preguntarse si lo ha hecho por agotamiento o por convicción. La lectura despeja la duda: es convicción. A esta altura de su obra, el autor parece más interesado en lo que nos iguala a todos que en lo que dividió a su país.
El protagonista es Martin, un abogado de setenta y seis años que recibe el diagnóstico de una enfermedad terminal. Está casado con una mujer mucho más joven y es padre de un niño pequeño, de modo que la pregunta por el tiempo no es para él una abstracción filosófica: tiene rostro, tiene rutina, tiene una familia que va a sobrevivirle de cerca. Lo que podría haber derivado en un relato lacrimógeno se convierte, en manos de Schlink, en otra cosa.
Y aquí está el verdadero logro. Hay que insistir en ello porque es fácil pasarlo por alto: el material de esta novela —un anciano, una enfermedad incurable, un hijo que crecerá sin padre— es exactamente el material con el que se fabrican los dramas más previsibles del mercado editorial. Schlink lo sabe, y construye precisamente contra esa expectativa. No hay golpes de efecto. No hay lecciones. Hay escenas cotidianas, conversaciones familiares, reflexiones discretas que van adquiriendo, casi a su pesar, una dimensión universal.
La sobriedad es la apuesta estética y también la apuesta moral. Schlink confía en que el lector no necesita que lo emocionen a la fuerza, y esa confianza es poco habitual. La prosa avanza con una contención que algunos confundirán con frialdad y que no lo es: es pudor. Es la decisión de no explotar el dolor ajeno —ni el del personaje ni el del lector— para arrancar una lágrima fácil.
No es un libro perfecto. La distancia que el autor mantiene respecto a sus criaturas, tan eficaz para evitar el sentimentalismo, deja a veces a Martin demasiado cerebral, demasiado dueño de sí mismo para alguien a quien acaban de comunicarle que se muere. Hay momentos en que una echa de menos un poco de desorden, de pánico, de la rabia que cabría esperar. Pero es una objeción menor frente a lo que el libro consigue.
Llega además en un momento revelador. El mercado vive una fiebre de literatura del yo que explota la enfermedad, el duelo y el trauma como reclamo, a menudo con más exhibición que pudor. Schlink, que podría haberse sumado a la corriente con su prestigio por delante, hace exactamente lo contrario. Su libro es una enmienda silenciosa a esa moda, y se agradece como se agradece el silencio después del ruido.
Porque lo que consigue es difícil: hablar de la finitud sin convertirla en espectáculo. En un panorama editorial saturado de novelas que usan la enfermedad y el duelo como reclamo emocional, La vida al final hace lo contrario. Baja la voz. Y al bajarla, se hace oír. Es el tipo de libro que se agradece justamente por lo que se niega a hacer, y que merece una lectura atenta de quien esté dispuesto a que no lo zarandeen.
— Ana María Olivares








