Hay una costumbre que conservo desde hace años y es la de desconfiar de las novelas que se publican con la etiqueta de obra recuperada. Demasiadas veces se trata de rascar el fondo del cajón de un autor famoso para venderle al lector lo que el propio autor había decidido, con buen criterio, dejar en la sombra. Les digo esto para que se entienda mejor lo que viene después: con Redención, de Hilary Mantel, no ocurre nada de eso. Aquí hay literatura de la buena desde la primera página.
Conviene situar las cosas. Mantel —fallecida en 2022, dos veces premio Booker, autora de esa catedral narrativa que es la trilogía de Thomas Cromwell— escribió esta novela mucho antes de convertirse en lo que llegó a ser. Es, por tanto, una obra de juventud, y como tal tiene el interés de mostrarnos el taller antes de que el oficio estuviera del todo aprendido. Lo asombroso es comprobar cuánto de la gran Mantel estaba ya allí, agazapado, esperando su momento.
La acción transcurre en una comunidad remota de la Inglaterra rural de los años cincuenta, uno de esos lugares cerrados sobre sí mismos donde todo el mundo se conoce y donde las certezas pesan más que las personas. Parte la novela de una crisis de fe —materia delicada, que en manos torpes da sermones y en las suyas da literatura— y de la llegada de un personaje extraño que altera el frágil equilibrio del lugar. A partir de ahí, los acontecimientos empiezan a oscilar entre el milagro y el engaño, sin que el lector sepa nunca del todo en qué orilla está pisando.
Y ahí está, señoras y señores, la pericia de esta mujer. Porque manejar a la vez lo espiritual, lo cómico, lo misterioso y lo profundamente humano sin que la cosa se desmorone es un equilibrio de funámbulo, y Mantel lo camina sin red. Hay humor en estas páginas, un humor inglés, seco, que muerde sin levantar la voz. Y hay una mirada sobre la credulidad y sobre el poder que ejerce quien dice tener la verdad que sigue siendo, hoy, de una actualidad incómoda.
Permítanme una digresión de bibliófilo. Las novelas tempranas de los grandes suelen leerse como curiosidad, como quien visita la casa natal de alguien ilustre para ver lo pequeña que era la cuna. Con Mantel ocurre lo contrario: uno entra esperando la cuna y se encuentra ya con el oficio montado. Hay autores que nacen sabiendo, que tienen el oído puesto desde el primer día y a los que solo les falta el tiempo y los temas para dar la campanada. Esta novela es la prueba de que ella era de esos. El que crea que la maestría de la trilogía de Cromwell salió de la nada, que lea esto y se le pasará la idea.
La prosa, conviene avisarlo, no es la de la Mantel monumental de Cromwell. Es más breve, más concentrada, casi una novela corta. Pero ya está ahí esa frialdad precisa para diseccionar a una comunidad, esa capacidad para meterse en la cabeza de sus criaturas y enseñarnos lo que ni ellas mismas se atreven a mirar. Quien haya leído la trilogía reconocerá el pulso. Quien no la haya leído tiene aquí una puerta de entrada estupenda, y más barata en páginas.
Hay además una lección de humildad en publicar esto ahora. Nos hemos acostumbrado a tratar a los premios Booker como semidioses inalcanzables, y viene bien recordar que también ellos tuvieron un principio, unos tanteos, unas novelas pequeñas en las que se jugaban el tipo sin red ni fama que los protegiera. Mantel se la jugó aquí, con esta historia menor de un pueblo y una fe en crisis, y ganó la mano. Lo demás vino después.
Tengo que reconocer una cosa. Desconfiaba al abrir el libro, ya se lo he dicho. Esperaba el habitual ejercicio de arqueología editorial, el cuaderno de prácticas de una autora consagrada. Me equivocaba. Salí de estas páginas con la sensación de haber leído a una escritora que, siendo joven, ya sabía exactamente lo que hacía. Y eso, créanme, no abunda.
Así que ya saben. Lean Redención, y si no han leído a Hilary Mantel, empiecen por aquí y vayan luego a por las grandes. Léanla con calma, sin prisas, atentos a cómo una comunidad entera se sostiene sobre lo que prefiere no saber. Que de eso, al fin y al cabo, va la literatura cuando se hace con verdad: de enseñarnos lo que callamos.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








