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Huérfano buscando el mar de Pablo Méndez, la poesía como necesidad, huida y forma de vivir

Huérfano buscando el mar de Pablo Méndez, la poesía como necesidad, huida y forma de vivir

 

 

 

Hay una edad en la vida de los poetas en la que la literatura deja de ser una conquista para convertirse en una forma de resistencia. Ya no se escribe para descubrir el mundo, sino para impedir que desaparezca, para conservar algo de cuanto hemos amado y para enfrentarse a la desoladora evidencia de que el tiempo termina por arrebatárnoslo todo. En ese territorio, donde la memoria se confunde con la emoción y la experiencia adquiere una inesperada dimensión universal, se sitúa Huérfano buscando el mar, el último libro de Pablo Méndez (Madrid, 1975), una de las voces más personales y reconocibles de la poesía española de su generación.

El libro, publicado por Ediciones Vitruvio, ha conocido una acogida especialmente favorable, hasta el punto de alcanzar su segunda edición apenas unos meses después de su aparición. Un éxito significativo para un género que raramente disfruta de grandes cifras de ventas y que confirma el interés despertado por una obra en la que el autor parece haber alcanzado una madurez expresiva poco frecuente. La atención crítica que viene acompañando al volumen, con referencias en publicaciones como ABC, Zenda o la revista Cruz y Raya, contribuye a explicar la repercusión de un poemario que ha encontrado lectores más allá del círculo habitual de la poesía.

La trayectoria de Pablo Méndez resulta, por otra parte, singular. Publicó su primer libro, Palabras de aire, en 1993, cuando apenas tenía diecisiete años, y desde entonces ha desarrollado una actividad literaria ininterrumpida que abarca la poesía, la novela y el ensayo. Títulos como Una flecha hacia la nada, Barrio sin luz, Patio interior, Alcalá Blues o Ana Frank no puede ver la luna, distinguido con el Premio de la Crítica de Madrid, fueron construyendo una voz que encontró posteriormente en las sucesivas ediciones de Cadena perpetua una perspectiva de conjunto. A esta producción hay que añadir una extensa obra ensayística y narrativa.

Pero sería un error interpretar Huérfano buscando el mar como una simple prolongación de esa trayectoria. Hay en estas páginas una libertad expresiva, una naturalidad y una manera de enfrentarse a la propia biografía que parecen anunciar una etapa distinta. Méndez ha ido desprendiéndose de buena parte del aparato retórico que acompaña a tantos poetas contemporáneos hasta alcanzar una escritura aparentemente sencilla, conversacional, incluso descuidada en algunos momentos, pero capaz de producir una emoción extraordinariamente intensa.

El centro sentimental del libro es la desaparición de los padres, especialmente de la madre, cuya muerte atraviesa muchos de sus poemas como una herida que los años no han conseguido cerrar. En «El verano de las fuentes», una de las composiciones más logradas del conjunto, el poeta recuerda las noches posteriores a aquella pérdida, cuando recorría Madrid en motocicleta, incapaz de regresar a una casa que había dejado de ser la misma. Se detenía en las fuentes para beber, sin comprender todavía que aquella sed lo acompañaría durante toda su existencia. La imagen posee una eficacia admirable: el dolor de la orfandad convertido en una sed perpetua, en una necesidad imposible de satisfacer.

Esa capacidad para transformar una anécdota doméstica en una revelación poética alcanza momentos memorables en «Balada de mis viejos coches», un extenso poema que recorre la historia familiar a través de los automóviles que fueron pasando por su casa. Lo que comienza como una evocación humorística de marcas, averías y recuerdos infantiles termina convirtiéndose en una conmovedora elegía materna. Pocas veces un objeto tan cotidiano como un automóvil ha servido para expresar con semejante naturalidad la persistencia del amor después de la muerte, pocos muy pocos poemas he leído con un trasunto tan conmovedor.

Pero Huérfano buscando el mar no es únicamente un libro sobre la pérdida. Es también, y acaso sobre todo, una celebración de la vida. La esposa, los hijos, los amigos, los viejos barrios madrileños, los objetos desaparecidos y los paisajes de la infancia construyen un universo afectivo donde la melancolía convive permanentemente con la gratitud. En «Testamento en otoño», el poeta reconoce haber sido feliz durante los miles de días que ha vivido, aunque esa felicidad haya sido levantada sobre el sufrimiento de las generaciones anteriores. Pocas declaraciones resumen mejor la contradicción esencial de este libro: se puede vivir profundamente agradecido y, al mismo tiempo, sentirse devastado por cuanto se ha perdido.

Una de las mayores virtudes de Méndez es su resistencia a la solemnidad. Cuando el lector cree encontrarse ante una confesión dramática, aparece una observación humorística, una expresión coloquial o una salida inesperada que devuelve el poema a la vida corriente. Hay composiciones dedicadas a las ferreterías de barrio, a los partidos de fútbol de los hijos o a las canciones de Roberto Carlos. Incluso una hamburguesa puede convertirse en materia poética. Esta voluntad de incorporar lo aparentemente insignificante a la literatura establece una relación muy particular entre el poeta y su lector, que reconoce en esas experiencias fragmentos de su propia existencia.

La poesía de Pablo Méndez no pretende deslumbrar mediante la oscuridad ni busca refugio en una experimentación verbal que termine por excluir al lector. Su apuesta es más arriesgada de lo que parece: decir cosas verdaderas con palabras comunes. En ocasiones esa espontaneidad lo aproxima deliberadamente a la prosa, y algunos poemas descansan más en la fuerza de su desenlace que en la elaboración de sus imágenes. Sin embargo, precisamente esa irregularidad, esa negativa a embellecer sistemáticamente la experiencia, forma parte de una escritura que ha elegido la autenticidad antes que la perfección ornamental.

También resulta especialmente interesante la relación que establece con el mundo contemporáneo. Méndez contempla con desconfianza las redes sociales, la exhibición permanente de la intimidad y la desaparición de ciertas formas de convivencia que marcaron su juventud. No se trata simplemente de nostalgia generacional. En poemas como «Un siglo como este» o «Nocturno de mi Red Social» aparece una reflexión sobre la soledad moderna, sobre una sociedad donde la comunicación se multiplica mientras el encuentro humano parece volverse cada vez más difícil. Frente a ese universo, el poeta reivindica los libros, la amistad, la naturaleza, el amor y la posibilidad de permanecer a solas con uno mismo.

El mar del título constituye, naturalmente, la gran metáfora de la obra. Es el espacio de la infancia y de la felicidad, pero también el horizonte de una búsqueda que nunca concluye. El huérfano no es solamente quien ha perdido a sus padres, sino quien descubre que ninguna edad nos libra del desamparo. Y buscar el mar significa buscar aquello que alguna vez nos hizo sentir protegidos, aquella plenitud que la memoria conserva y que la realidad ya no puede devolvernos.

Después de más de treinta años de escritura, Pablo Méndez ha conseguido con Huérfano buscando el mar algo que casi nunca acompaña a las trayectorias prolongadas: escribir un libro que parece necesario. Me parece el mejor libro de poesía contemporánea desde que empezó el siglo. No hay, además, una voluntad de demostrar conocimientos literarios ni de exhibir una determinada posición estética. Hay un hombre que se reconoce en sus pérdidas, que contempla crecer a sus hijos, que recuerda a sus muertos y que sigue encontrando motivos para celebrar la existencia.

Quizá sea esa sinceridad, unida a una voz inconfundible, la que explique la favorable recepción que está teniendo el poemario. En una época en la que buena parte de la poesía parece debatirse entre el hermetismo y la sentimentalidad más previsible, Méndez ha encontrado un camino propio, donde la emoción no necesita disfrazarse de profundidad y la experiencia cotidiana alcanza, por momentos, una verdadera dimensión literaria.

Huérfano buscando el mar es, en definitiva, un libro sobre la orfandad, pero también sobre la herencia más hermosa que recibimos de quienes nos precedieron: la capacidad de seguir amando la vida cuando ya conocemos su fragilidad. Y acaso esa sea una de las formas más altas y difíciles de la poesía.

 

— Ana María Olivares

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