Libros y LecturasReseñas y Crítica

Cosamala, de Alana S. Portero. Brujas contra el fascismo en la Andalucía de 1937

Se ha dicho ya que Cosamala es una novela gótica, de inspiración lorquiana, con brujas. Seix Barral, que la publica en su colección Biblioteca Breve, la presenta exactamente así. Conviene decir desde el principio que la etiqueta es cierta y que no basta: lo que Alana S. Portero ha hecho es contar la Guerra Civil a partir de un crimen real y desde las mujeres que se quedaron en el pueblo, y hacerlo con las herramientas del terror y del folclore en lugar de con las de la novela histórica al uso.

La premisa, tal como la expone la editorial, es esta: Andalucía, 1937. Esposas, madres y vecinas de fugitivos y perseguidos que asumen un lenguaje oscuro como forma de resistencia. Un aquelarre cuyo propósito es devolver la vida a una tierra yerma con la ayuda de sus muertos. La editorial habla de una obra sureña y antifascista y de una mitología femenina construida sobre la venganza, el amor y la muerte. No es una decisión inocente. Elegir la brujería como vehículo equivale a reclamar para esas mujeres una agencia que la narrativa de la posguerra rara vez les concedió: no son víctimas que esperan, son sujetos que conjuran.

Hay un dato de trayectoria que ayuda a leerla. Cosamala es la novela que sigue a La mala costumbre, y Portero llega a ella con la atención crítica que ese libro ya le procuró. Eso le da margen y le quita coartadas: nadie esperará de ella una segunda novela cómoda, y nadie le perdonará que el cambio de registro sea solo un cambio de decorado. Las continuaciones de esta clase suelen medirse por una pregunta sencilla: si la autora ha encontrado una forma nueva para una necesidad vieja o ha trasladado la vieja forma a un escenario más vistoso.

El detalle del lenguaje oscuro merece una lectura aparte. Que las protagonistas hagan de la palabra una herramienta de resistencia sitúa el libro en una tradición reconocible, la de la lengua que se esconde para sobrevivir, y le pone un listón alto: una novela que habla de conjuros tiene que sonar a conjuro. No se trata de arcaísmos ni de un vocabulario folclórico de catálogo, sino de ritmo, de repetición, de esa cadencia que convierte una frase en algo que se pronuncia con miedo. Esa es la prueba de fuego, y ninguna reseña previa puede darla por superada.

La recepción previsible conviene anticiparla. El libro se leerá, en parte, en clave de oportunidad: memoria histórica, sororidad, gótico rural, tres rótulos que hoy ayudan a vender y que, mal administrados, vacían lo que nombran. Lo que habrá que preguntarse al leerlo es si el género es un dispositivo o un disfraz. El gótico funciona cuando la forma del miedo coincide con aquello que se quiere decir, y la Guerra Civil ofrece un material en el que esa coincidencia casi se produce sola: la desaparición, el cuerpo sin enterrar, la noche como hora de las denuncias y de los paseos. Si la novela encuentra ese punto, las brujas dejarán de ser una metáfora para convertirse en un método.

La referencia a Lorca pide una cautela adicional. Invocarlo para hablar de mujeres encerradas en el sur es tan natural que se ha vuelto lugar común, y lo que se le exige a un libro que reclama esa tradición es que la discuta, no que la decore. La editorial habla de inspiración lorquiana; el lector tendrá derecho a esperar, además, una lengua propia, capaz de sostener lo gótico sin caer en lo ornamental. No basta con decir que hay brujas: hay que decir cómo hablan.

Queda el asunto del crimen real, que es el más serio. Partir de sucesos reales obliga a una ética: qué se inventa, qué se respeta, qué se calla. Es una exigencia que solo puede juzgarse leyendo y que ninguna sinopsis resuelve; en ese terreno la novela se la juega entera. Un libro que pone en el centro a las mujeres de los perseguidos tiene la obligación de no tratarlas como material, y de saber distinguir entre convertir un hecho en mito y vaciar un hecho para que quepa en el mito.

Dicho todo esto, la apuesta merece una discusión larga. Es poco frecuente que una editorial de catálogo literario publique con tanta franqueza una novela de brujas con un programa político declarado, y más infrecuente aún que lo haga sin disculpas. Cosamala es un libro al que hay que pedirle lo que promete: que el miedo sirva para decir algo, y que la Andalucía de 1937 no se quede en escenografía.

— Ana María Olivares

Noticias relacionadas

Huérfano buscando el mar de Pablo Méndez, la poesía como necesidad, huida y forma de vivir