En mis tiempos de reportero aprendí que los pueblos feos son los más sinceros. Los guapos posan; los feos te miran a los ojos y esperan a ver qué haces. Me acordé de aquello al leer lo que cuenta Blackie Books de Contenta, la novela de Santiago Lorenzo, porque su punto de partida es justo ese: una mujer, una cámara y un pueblo al que nadie describiría como un destino turístico.
Los datos de la ficha, que son lo que tengo y no pienso adornar, dicen lo siguiente. Cecilia Pérez Pacheco tiene treinta y nueve años y se gana la vida grabando vídeos para bodas y comuniones, un oficio que no le da para vivir. Atraviesa, además, una ruptura sentimental dolorosa. Un día le llega una propuesta inesperada: rodar el vídeo promocional de Mardones, un municipio de unos dos mil ochocientos habitantes al que la propia sinopsis describe como poco atractivo. Y la sinopsis remata con una frase de trailer, de las que dan miedo y a veces cumplen: Mardones va a cambiarle la vida a Cecilia.
Ahora fíjense ustedes en lo que ya hay en esa premisa, antes de pasar una sola página. Quien filma comuniones y bodas sabe de emociones ajenas más que la mayoría de los novelistas: ha estado en primera fila de las lágrimas por encargo, ha enfocado el momento en que alguien finge que no le importa, ha cobrado por ser testigo. Poner a esa mujer delante de un pueblo al que hay que vender es meter un oficio menor en una pregunta mayor, la de qué se puede decir de un lugar sin mentir y sin humillarlo. Es una buena pregunta. Es la que se hace cualquiera que haya escrito alguna vez una crónica por encargo.
Y hay otro asunto, más técnico, que me gusta. Un vídeo promocional es un género sin autor: nadie firma los vídeos de los ayuntamientos, nadie los recuerda, y sin embargo condensan lo que un lugar quiere ser visto como. Una mujer encargada de fabricar esa imagen tiene que decidir qué deja fuera del encuadre, y todo el que haya cubierto una guerra o una feria de pueblo sabe que el fuera de campo cuenta más que el campo. Con dos mil ochocientos vecinos, además, nadie pasa desapercibido: el pueblo es lo bastante pequeño para que todos opinen sobre cómo salen.
Lorenzo llega a ella con una reputación. La crítica lo asocia a Los asquerosos y a un tono que El Independiente resume como irónico y tierno, y esa combinación es más difícil de lo que parece: la ironía sola es una forma barata de superioridad, la ternura sola es una forma cara de cursilería. Juntas, bien afinadas, producen eso que el castellano llama mala leche con corazón. Si Contenta sostiene ese equilibrio durante doscientas cuarenta páginas, que son las que declara la edición, el libro habrá resuelto el problema más delicado de su género. Si se inclina hacia un lado, lo sabremos pronto: a las treinta páginas, cuando el pueblo deje de ser un personaje y empiece a ser un chiste.
Ahí está el riesgo, y no conviene esquivarlo. Toda comedia sobre la España pequeña corre el peligro de la condescendencia, de mirar al pueblo desde el coche, con la ventanilla subida. Lo que distingue a un escritor de un turista es que el primero se baja, y se mancha las botas, y acaba entendiendo por qué la gente que vive allí no se va. Lorenzo ha dado muestras, según su fama, de saber bajarse. Habrá que comprobar si en esta novela lo hace.
Hay una cosa más que me interesa, y es el título. Contenta es un adjetivo que, aplicado a una mujer de treinta y nueve años con trabajo precario y un desamor reciente, suena a tarea pendiente más que a estado de ánimo. Es posible —y subrayo que es una conjetura, porque el libro tendrá la última palabra— que la novela vaya precisamente de eso: de cuánto cuesta ponerse contenta cuando todo el mundo espera que lo estés, y de qué sitios inesperados te lo permiten. Una novela así, sobre una mujer que graba la alegría de los demás, tendría su lógica.
Lo dejo ahí. Cuando lo lean, fíjense en una cosa sola, y es si el pueblo habla o si solo sale en el plano. De eso depende casi todo. Y si resulta que habla, se acabó la discusión: estaremos ante uno de esos libros que se leen con una sonrisa y se terminan con un nudo, que es la manera honrada de reírse de España.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








