La otra tarde, esperando en una farmacia con la vez cogida en un papelito, oí a una mujer decirle a otra, muy bajo, que su padre había sido un hombre encantador para todo el mundo menos para ellas. No añadió nada. La otra asintió, como se asiente a una frase que ya se ha oído en casa propia, y yo me quedé con el papelito en la mano pensando en ese «menos para ellas». Me acordé de eso al leer cómo presenta Impedimenta Cuando seas feliz, golpea tú primero, de Tatiana Țîbuleac, y de qué manera tan exacta cabe en esa frase.
La protagonista se llama Mila. Tiene cincuenta años, lleva seis meses sin beber y vive en París con trabajos precarios, cuidando a personas mayores con las que no tiene ningún vínculo (un oficio que da mucho que pensar a quien lo ha hecho alguna vez). Su padre fue un periodista bohemio y alcohólico, el que la introdujo en la escritura, pero que antepuso los libros a su hija y murió sin darle lo que ella más necesitaba. Así lo cuenta la sinopsis, y así lo repito, porque no voy a inventarme lo que no he visto. La propia editorial lo llama una desgarradora carta de amor y de odio, y la presenta como continuación temática de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, solo que ahora la figura que ocupa el centro es la paterna.
A mí lo que me conmueve de la premisa es el detalle de los libros. Un padre que le da a su hija la escritura y se la quita a la vez; que le abre la puerta de la escritura y, según la sinopsis, la deja sin lo que más necesitaba. Hay una crueldad muy particular en eso, y no es la crueldad del golpe sino la de la ausencia con biblioteca. Una se entera de que lo que más la salvó es también lo que más la dejó sola, y no hay manera de querer una cosa sin la otra. Si el libro sabe sostener esa doble pertenencia sin resolverla, habrá hecho lo más difícil.
Luego están los temas que enumera la ficha: la vergüenza, la embriaguez, la herencia familiar, la dificultad de empezar de nuevo. Son cuatro palabras que juntas forman una casa. La vergüenza del hijo del borracho, que se aprende antes que la tabla del nueve; la embriaguez como lengua familiar; la herencia, que no se pide y a veces se bebe; y el empezar de nuevo, que a los cincuenta años no tiene nada de épico, y sí mucho de tarea doméstica, de levantarse y hacer la compra y no beber ese día. Seis meses sin beber es una cifra pequeña y enorme a la vez; cualquiera que haya acompañado a alguien en eso sabe cuánto cabe en ella.
El título, Cuando seas feliz, golpea tú primero, suena a consejo de padre, de esos que se dan con la mejor intención y el peor resultado, como quien enseña a un niño a defenderse de un mundo que ya está mirándolo mal. Digo «suena» y lo digo a propósito, porque no he encontrado en lo publicado cuál es su origen exacto dentro del libro, y no voy a fingir que sí. Pero reconozco el tipo de frase: es la sabiduría defensiva de las familias que no supieron proteger, convertida en herencia. La edición, de doscientas sesenta y cuatro páginas, no pide poco al lector.
Tampoco quiero dejar de decir que estas novelas tienen su riesgo, y es el de la autocompasión. Escribir sobre un padre alcohólico es fácil de hacer mal: o se santifica al muerto o se le condena sin matices, y las dos cosas son una forma de no mirarlo. La palabra que usa la editorial, «amor y odio», va en la dirección buena, porque obliga a las dos cosas a convivir. Si el libro no se pone de parte de nadie salvo de la verdad de Mila, será un buen libro.
Esa mujer de la farmacia salió con su bolsa y no volví a verla. Pero me gusta pensar que alguien, en algún sitio, tiene el valor de escribir lo que ella dijo en voz baja, y de ponerle detrás una novela entera. Merece la pena que se dejen encontrar por este libro quienes tengan un «menos para ellas» en su casa.
— Ángela de Claudia Soneira








