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La República, de Jorge Volpi. Un senador, un algoritmo y la política convertida en ciclos emocionales

Entre las cosas que aprendí en las redacciones hay una que no ha caducado: cuando alguien te presenta un hecho como inevitable, mira quién gana con ello. Me vino a la cabeza al leer lo que cuenta Alfaguara de La República, la novela con la que Jorge Volpi —premio Alfaguara en 2018 por Una novela criminal— publica una distopía que, según el propio autor, está «pegada directamente a la realidad».

Los datos que se conocen del argumento son los siguientes. Estados Unidos, finales de 2026, en una línea temporal alternativa: Trump está en prisión, condenado por los asaltos al Capitolio, y Biden ha muerto de forma natural. El senador VM Lively llega a la Casa Blanca guiado por Nick, una inteligencia artificial que anticipa el comportamiento de los votantes, modifica su estado de ánimo y determina sus decisiones. A su lado aparece su esposa, Igne Kayris, ingeniera con ideas posthumanistas. Y, según lo contado en la presentación del libro, hay figuras reales y figuras ficticias, sin que se haya detallado cuáles.

Fíjense ustedes en lo que esa premisa hace con el poder. Un senador que gana las elecciones porque una máquina sabe antes que él lo que sentirá cada votante deja de ser un político para convertirse en un instrumento, y con ello Volpi desplaza la pregunta de siempre —quién manda— hacia una más incómoda: qué queda de un mandato cuando el mandatario ya no decide. No hace falta una fantasía de robots para eso. Basta con una campaña, un puñado de datos y un candidato dispuesto a creer que su carisma es propio. Cualquiera que haya cubierto una campaña electoral sabe lo cerca que esto está de cierto sentido común de los estrategas.

La novela, además, traslada el asunto al terreno de lo emocional. Según el artículo de El Independiente que recoge las palabras del autor, el libro presenta la política como ciclos emocionales, una vigilancia total y una alianza entre tecnología y poder en la que incluso China y Estados Unidos acaban convergiendo. Tiene su ironía que sea un novelista quien se tome en serio esa convergencia, cuando los analistas profesionales prefieren seguir hablando de bloques. Parece que Volpi ha decidido que la ficción es el sitio donde esas tesis pueden decirse sin nota al pie.

Dice Volpi que estamos entrando en «una nueva era teológica, en la que los ciudadanos creen en dogmas». Es una frase de ensayista, y buena, aunque habrá que ver si la novela la sostiene o solo la ilustra. También sostiene que el peligro de la inteligencia artificial está en parte exagerado por los propios tecnoligarcas, que buscan regularse a su conveniencia para cerrar el mercado a sus competidores. Esto último me parece lo más afilado de todo lo que ha dicho, porque desmonta el miedo como herramienta comercial, y un novelista que lo sabe tiene una ventaja sobre quien se limita a asustar.

El título añade una provocación que no creo casual. Llamar La República a una novela sobre un gobierno guiado por un algoritmo es difícil de leer sin pensar en el tratado con que Platón se preguntó quién debe gobernar y con qué saber; digo que es difícil, no que sea seguro, porque el propio libro dirá si la alusión va en serio o es un guiño. Si va en serio, la pregunta platónica queda reformulada de un modo cruel: ya no se discute si deben mandar los sabios, sino si puede mandar quien lo sabe todo de nosotros menos lo que somos.

Conviene, con todo, no dejarse llevar por el entusiasmo del tema. Las distopías pegadas a la actualidad tienen un problema conocido: envejecen deprisa. Quien escribe sobre un presente tan volátil se arriesga a que el libro llegue a las librerías con la realidad ya un paso por delante, y a que la sátira se convierta en nota de prensa. La línea temporal alternativa, con sus presidentes encarcelados o fallecidos, es una forma inteligente de protegerse, porque deja claro que no se trata de profecía sino de laboratorio. Pero hace falta que dentro del laboratorio ocurra algo más que la demostración de una tesis.

Eso es lo que yo les pediría a ustedes cuando lo lean: que no se queden en la tesis y busquen a los personajes. Si Lively, Igne Kayris y Nick son solo portavoces, tendremos un ensayo con nombres; si son gente con miedo, con debilidades y con algo que perder, tendremos una novela. De momento solo sabemos que el planteamiento es ambicioso y está bien escogido. Lo demás, como siempre, se lo juega el libro. Léanlo con la mano en la cartera y la cabeza fría, que es como hay que leer todo lo que habla de cómo nos gobiernan.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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