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Pajaritos preñados, de Andrea Abreu. Seis años para volver a oírla

La otra tarde, en la cola del supermercado, oí a dos mujeres hablar en canario y me quedé quieta más rato del necesario. No por cotillear, o no solo. Era por el gusto de escuchar unas palabras que yo no sabría decir y que en su boca sonaban a algo cocinado despacio, con su punto de sal. Me acordé de aquello al abrir la nueva novela de Andrea Abreu y pensé que quizá el libro va de eso, entre otras cosas: de que hay maneras de hablar que llevan dentro una manera entera de estar en el mundo, y de lo que se pierde cuando alguien decide que esa manera no vale para escribir.

Han pasado seis años desde Panza de burro. Seis años son muchos años para un país que devora novedades cada jueves, y una se pregunta si Abreu habrá sentido el peso de eso, la impaciencia ajena, la sospecha de que aquel primer libro fue un golpe de suerte. Pajaritos preñados sale ahora en Anagrama, en Narrativas hispánicas, con quinientas y pico páginas, y lo primero que hay que decir es que no es una repetición. Es otra cosa, más ancha y más oscura.

Cathaysa cumple dieciséis años en un barrio de cuestas empinadas del norte de la isla, envuelto en la brumacera, con esa sensación tan de esa edad de que todo pasa demasiado rápido y a la vez nunca cambia nada. Creció, dice la novela, en un entorno que no da tregua y en el que el pasado no desaparece: solo se filtra, se adapta y encuentra formas nuevas de seguir estando. A mí esa frase me parece la llave del libro. No hay aquí una infancia que termina y una adolescencia que empieza; hay una infancia que se rompe en trozos y sigue ahí, clavada.

Y está El Tiznado, el padre, que es el otro gran hallazgo. Un hedonista al que la precariedad, la ausencia y la culpa han ido dejando sin sitio. Abreu le da voz propia y la alterna con la de la hija, y ese es el movimiento más arriesgado de la novela: dejar hablar al hombre que falla, no para absolverlo, tampoco para colgarlo de una escarpia, sino para que el lector lo oiga por dentro. Alrededor de los dos se mueve un mundo pequeño y muy poblado: Engracia, la madre, ese espejo en el que Cathaysa no quiere mirarse; el tío Aurelio; La Macha y Chaxiraxi, amigas que se quieren como hermanas y se entienden a macanazos; un primo que la reclama como si le perteneciera. Y detrás, un coro que sostiene el libro entero: mujeres que todo lo ven desde las ventanas y hombres que todo lo callan desde los bares. Ahí está retratado un pueblo, y no solo un pueblo canario.

Lo que Abreu hace con el idioma sigue siendo lo más suyo. No es costumbrismo ni es pintoresquismo, que son dos maneras educadas de mirar por encima del hombro. Es una lengua que funciona: el léxico insular entra en la frase porque es el que nombra bien las cosas, no porque dé color. Ella lo ha explicado estos días en la prensa canaria con una frase que se me quedó: «Me da pena que dejemos atrás esta riqueza [del léxico] por vergüenza histórica». Vergüenza histórica. Sabe de lo que habla cualquiera que haya visto a sus abuelos corregirse solos delante de un desconocido.

Hay una palabra que atraviesa el libro y que resume su asunto mejor que cualquier resumen que yo pueda hacer: cambear. Cambiar de vida, irse, ser otra. Toda la novela se sostiene en el pulso entre ese deseo y la sospecha de que la fuga tampoco es una elección de verdad cuando las opciones vienen dadas de antemano. El amor se confunde con posesión, la ternura con violencia, el deseo con peligro, y Abreu no coloca carteles indicadores para que sepamos en qué párrafo toca indignarse. Confía en el lector. Eso, hoy, es casi una rareza.

No diré que sea un libro cómodo, porque no lo es, y a ratos su crudeza obliga a levantar la vista de la página. Tampoco diré que quinientas páginas se pasen volando, porque es un libro que pide tiempo y que castiga la lectura apresurada, la de metro y notificaciones. Pero hay algo que se me quedó encima al terminar, esa cosa rara de haber estado en un sitio y no en un libro. Y salí de él, como escribió otra escritora sobre estas páginas, felizmente raspada.

Merece la pena que se dejen encontrar por él. Y si pueden, léanlo en voz alta un rato, aunque estén solos en la cocina. Esta novela se oye.

— Ángela de Claudia Soneira

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