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La fosa abierta, de Brigitte Vasallo. Lo que la historia llamó milagro y los que lo vivieron no pudieron contar

Hace unas semanas me puse a ordenar unas cajas que mi madre guarda todavía en el trastero. Cosas de los abuelos, en su mayoría: fotos sin datar, documentos que no sé lo que son, alguna carta con una letra que no reconozco. Me quedé un rato mirando una foto que no tiene nombre detrás. Una mujer joven, delante de un edificio de ladrillo, con un niño en brazos. Podría ser en cualquier ciudad. Podría ser en cualquier año de los cincuenta o los sesenta. Me quedé pensando en cómo hay familias que tienen cajas como estas y familias que no las tienen, no porque no haya habido historia sino porque la historia no se guardó, o porque no se guardó de la misma manera.

De eso va, al fin y al cabo, La fosa abierta de Brigitte Vasallo. Del rastro que queda —y del que no queda— cuando medio país se mueve de un sitio a otro sin que nadie lo llame éxodo ni lo celebre como aventura. Solo como necesidad.

El libro parte de la propia historia de Vasallo, que investiga la migración interior española de los años sesenta: esa que llevó a familias enteras desde los pueblos de Andalucía, Extremadura, Murcia o Castilla hasta los cinturones industriales de Barcelona, el País Vasco o Madrid. Lo que los manuales llamaron milagro económico y los que lo vivieron llamaron, simplemente, irse. Salir. Hacer lo que había que hacer.

Lo que hace Vasallo con este material es algo que una agradece y que no es tan habitual como debería ser: investiga desde dentro, con la autobiografía como herramienta crítica pero sin convertir el libro en un memorial sentimental. La propia familia es el punto de entrada, pero lo que construye es una reflexión sobre la memoria colectiva de una clase que no se reconoció como clase, sobre las historias que se contaron como progreso y sobre las que quedaron en el fondo sin nombre. La fosa del título no es literal; es todo lo que no se nombró.

Hay una lucidez política en el libro que se manifiesta con mucha calma, que es la mejor manera de manifestarla. Vasallo no escribe con panfleto ni con nostalgia: escribe con la paciencia de quien sabe que si cava bien, si mira bien, va a encontrar algo que merece la pena sacar a la luz. Y lo encuentra.

Es un libro que va a llevar bien las reediciones porque tiene el tipo de fondo que aguanta el tiempo: no depende de la actualidad inmediata sino de una herida larga que España lleva décadas sin terminar de mirar. Quién emigró hacia dentro, quién dejó qué, qué se perdió en la traducción de una vida rural a una vida de fábrica, de un idioma a otro, de una memoria a otra. Vasallo pregunta todo eso con rigor y con algo que podría llamarse ternura —aunque sé que ella probablemente no usaría esa palabra— hacia los que vivieron esa historia sin saber que estaban haciendo historia.

Me acordé, leyéndolo, de que mi propia familia tiene ese tipo de cajas en el trastero. De que hay una geografía entera de España que está contada en apellidos que se quedaron donde no eran originarios, en acentos mezclados que los hijos ya no tienen, en esa pregunta de «¿y tú de dónde eres?» que en este país tiene siempre más capas de las que parece.

La fosa abierta es un ensayo, sí, pero también es una obra de rescate. Anagrama acierta al publicarlo en un momento en que seguimos sin tener bien armada esa historia de la España que se movió y se reconstruyó y todavía no ha terminado de saber cómo contarlo. Brigitte Vasallo lo sabe. Y lo dice con precisión.

Merece la pena leerlo despacio, que es como funcionan los libros que tienen algo que quedarse.

— Ángela de Claudia Soneira

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