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Historias de fantasmas, de Siri Hustvedt. Lo que queda en casa cuando alguien falta

En la portada de Historias de fantasmas hay una pareja joven que sonríe a cámara, vestida de blanco, con esa felicidad de fotografía de boda que todas las casas guardan en algún cajón. Me quedé mirándola un rato largo antes de abrir el libro, porque una portada así, puesta en un título que habla de fantasmas, es ya media tesis: el fantasma, aquí, no va a ser el que arrastra cadenas por el pasillo, sino el que sigue sentado en la foto cuando ya nadie está en la habitación.

Lo dice la propia editorial, Seix Barral, que lo ha incluido en su Biblioteca Formentor y lo presenta con una frase sencilla: estas historias de fantasmas son también historias de amor. David Mitchell, en la ficha del libro, lo describe como un año de duelo y una obra de amor. No sé a ustedes, pero a mí esas dos palabras juntas, duelo y amor, me ponen en guardia y me ablandan a la vez. Ponen en guardia porque hay mucho libro de pérdida que se escribe con la mano en el pecho y la otra extendida pidiendo el pañuelo del lector. Ablandan porque, cuando funciona, no hay materia más honesta.

La traducción es de Aurora Echevarría Pérez y el libro llega en 384 páginas, que no son pocas para una novela que habla de lo que desaparece. Seix Barral lo clasifica como novela literaria y contemporánea, y el plural del título, historias, deja sospechar que el fantasma no es uno solo ni se queda quieto: es probable que la autora haya querido que lo ausente aparezca por varios lados, como aparece en la vida, en un olor, en una frase que se repite sin querer, en un objeto que nadie se atreve a mover de sitio.

Siri Hustvedt nació en Minnesota en 1955, estudió Literatura Inglesa en la Universidad de Columbia y lleva décadas escribiendo novela y ensayo; en castellano la conocemos por Los ojos vendados y El mundo deslumbrante, y en 2019 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Lo cuento porque el currículum importa menos que el hecho de que sea una escritora que ha movido siempre las dos manos a la vez, la del relato y la del pensamiento, y eso en un libro sobre el duelo es una ventaja doble. Quien escribe desde la inteligencia corre menos riesgo de ponerse sentimental, que es el pecado capital de este género, y a la vez tiene más herramientas para que la emoción llegue por un camino que no sea el del chantaje.

Lo que me interesa del planteamiento es la decisión de usar el género fantasmal para hablar de algo tan doméstico. Los fantasmas de toda la vida —los de las casas encantadas, los de los cuentos que se contaban al calor de la mesa camilla— siempre fueron una manera de decir que los muertos no se van del todo, y que a los vivos nos toca convivir con ellos sin que nadie nos haya explicado cómo. Poner esa tradición al servicio del amor es una jugada elegante: permite hablar de la ausencia sin solemnidad, con un poco de aire, incluso con una sonrisa, que es lo que sucede en las casas de verdad cuando alguien se ha ido y los que quedan, sin proponérselo, empiezan a contar anécdotas suyas en la cocina y acaban riéndose.

Conviene no prometer más de lo que sé. De la editorial me llegan la sinopsis breve, el formato y la voz de quien lo ha leído antes que yo; el resto, lo que ocurra de verdad en esas casi cuatrocientas páginas, lo irá diciendo cada lector con su propia pérdida a cuestas. Y ese es, precisamente, el riesgo y la gracia de un libro así: no se lee igual a los veinte años que a los cincuenta, ni se lee igual antes que después de haber enterrado a alguien. Un libro sobre el duelo es siempre un libro distinto para cada persona que lo abre.

Por eso, si me preguntan a quién se lo recomendaría, no diría a los aficionados a lo sobrenatural ni a los fieles de la autora, sino a quien tenga en casa una fotografía como la de la portada, de esas que no se tiran y tampoco se miran, y sospeche que alguna vez habrá que sentarse a hablar con ella. Historias de fantasmas parece escrito para ese momento, el de sentarse. Merece la pena que se dejen encontrar por este libro, con calma, sin buscar en él consuelo inmediato; y si acaban la última página con ganas de llamar a alguien, no se aguanten: llámenlo.

— Ángela de Claudia Soneira

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