Hay novelistas que construyen universos tan reconocibles —tan habitados por lectores que se saben de memoria los personajes— que cualquier salida de ese territorio se convierte, automáticamente, en un acto de riesgo. Mentira, la última novela de Juan Gómez-Jurado, es exactamente ese tipo de apuesta: la de un escritor que ha dedicado quince años a edificar la saga de Reina Roja y que ahora decide, sin red, probar otro terreno.
El resultado es un thriller claustrofóbico protagonizado por Eva Ramos, una mentirosa profesional —consultora de crisis, especialista en fabricar versiones— que queda atrapada en un pueblo nevado de montaña junto a un puñado de personas a las que no conoce. Lo que sigue es lo que el género llama habitualmente «novela de cuarto cerrado», aunque Gómez-Jurado tiene el cuidado de no llamarlo así: el encierro aquí no es el pretexto de un puzzle sino el espacio en el que se examinan las reglas del engaño y los límites de lo que una persona puede construir con palabras cuando ya no hay salida.
Conviene detenerse en lo que hace el libro con su narradora. Eva Ramos no tiene el perfil de las protagonistas que el mercado de los thrillers contemporáneos ha ido produciendo en serie durante los últimos años, y eso es un mérito deliberado. Gómez-Jurado construye aquí una voz que miente con convicción y que el lector sabe que miente —porque el libro le advierte de ello desde las primeras páginas— lo que coloca la lectura en una posición inhabitual: la de quien recibe un relato sabiendo que la fuente es poco fiable. La pregunta no es qué ha ocurrido sino qué versión hay que creer.
Esa apuesta formal, sencilla de enunciar pero difícil de sostener durante doscientas páginas, es lo más interesante de la novela. Mentira funciona como artefacto de intriga —tiene ritmo, tiene giros, tiene el pulso narrativo que Gómez-Jurado maneja con oficio consolidado— pero lo que la distingue dentro del conjunto de su obra es la reflexión implícita sobre el pacto narrativo que sostiene cualquier ficción. La narradora es una mentirosa que cuenta su historia: cuesta no pensar que hay una segunda capa, más literaria, en ese planteamiento.
La construcción del espacio merece también atención. El pueblo nevado funciona aquí con la precisión de un dispositivo: cada elemento que introduce Gómez-Jurado tiene su función, cada personaje secundario ocupa el lugar que le corresponde. Hay algo casi arquitectónico en la disposición de las piezas, que revela una conciencia del oficio distinta a la que se desplegaba en la saga anterior, más dependiente del tirón emocional y del ritmo cinematográfico.
No todo funciona con la misma eficacia. Algunos personajes secundarios permanecen demasiado planos — son más utilería que presencia — y el desenlace resuelve el misterio con mayor limpieza de la que el libro, en sus mejores momentos, había prometido. Pero Mentira es, en cualquier caso, la prueba de que Gómez-Jurado tiene recursos propios que su saga, por necesidad, no siempre le había permitido desplegar. Y eso, en un escritor que lleva años siendo leído masivamente, no es un dato menor.
Es, en definitiva, una novela que interesa más allá del entretenimiento que asegura. Y ese es, quizás, el mejor cumplido que se le puede hacer a un thriller.
— Antonio Isidro Graña Ojeda









