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La educación del monstruo, de Elvira Mínguez. El silencio también se hereda

Hay un tipo de silencio que la historia oficial maneja mal y la literatura maneja mejor. Es el silencio de los que se fueron y no contaron adónde fueron ni lo que encontraron. Yo lo he visto en distintas formas a lo largo de los años: en los emigrantes que regresaron con los bolsillos llenos y la boca cerrada, en los veteranos que no hablaban de la guerra, en las familias que guardaban carpetas que nadie abría. Elvira Mínguez, que hasta ahora era conocida como actriz de primera línea, debuta en la novela con La educación del monstruo ocupándose de un silencio concreto: el de los españoles que emigraron a Alemania en los años sesenta, y lo que sus hijos y nietos encontraron cuando quisieron mirar dentro de esas carpetas.

El Premio Primavera de Novela 2026 le ha dado cobertura mediática considerable, y la tentación de despachar el libro como un debut de actriz bien recibido por la industria sería comprensible y equivocada. La educación del monstruo es una novela seria. No perfecta —en seguida hablaré de sus costuras—, pero seria en el sentido que más importa: la autora tiene algo que contar, sabe cómo construir una historia y no ha cedido a los atajos más evidentes del material que maneja.

La estructura es la del relato a dos generaciones. La primera protagonista es Carmen, que llegó a Colonia a los veintidós años en 1964 y pasó allí treinta años de su vida. La segunda es Lucía, su nieta, que viaja a Alemania en el presente para deshacer el equipaje de una historia que nadie le explicó nunca del todo. Mínguez evita el error de convertir a la abuela en santa y a la nieta en investigadora. Carmen cometió errores; algunos de ellos son el centro de la novela. Y Lucía tiene sus propias razones para no querer saber, que el texto no oculta.

El título viene de una frase que aparece mediada la novela y que no voy a revelar porque su impacto depende del contexto. Lo que sí les digo es que el monstruo del título no es ningún personaje en particular: es el conjunto de condiciones que convierten a una persona en alguien que hace daño sin quererlo, simplemente porque nadie le enseñó otra cosa. Eso, señoras y señores, es mucho más aterrador que cualquier villano convencional.

Las costuras que mencionaba: el libro tiene un tramo central en que la alternancia temporal pierde fluidez y algunas escenas del presente sirven más de enlace que de narración propia. Y el desenlace cede algo más de lo que la lógica interna del libro parecía anunciar. Dicho eso: Mínguez ha escrito una novela que merece leerse, y que merece leerse prestando atención.

Compren este libro. Y después de leerlo, pregúntenle a alguien mayor de su familia adónde fue la gente que se fue.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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