Se ha presentado La ciudad de las luces muertas como una novela histórica fantástica, un juego de espejos entre el siglo XX y el presente, una celebración de Barcelona y sus fantasmas literarios. Todo eso es cierto, y nada de eso es suficiente para explicar lo que el libro realmente propone. Conviene decirlo desde el principio: David Uclés ha escrito algo más arriesgado de lo que el rótulo Premio Nadal suele anticipar.
La premisa es deudora de la buena ciencia ficción: una joven provoca accidentalmente un fenómeno que sume a Barcelona en una oscuridad total. No hay luz solar, no hay luz artificial. Solo una claridad difusa, sin origen, y el resplandor del fuego. Lo que esta oscuridad activa es más interesante que el apagón en sí: en la ciudad sin luz empiezan a aparecer escritores y artistas del pasado. Picasso. Cortázar. Carmen Laforet. Bolaño. Simone Weil. George Orwell. Gaudí. García Márquez. Ninguno sabe muy bien qué hace ahí. La ciudad los convoca y ellos responden.
Lo que Uclés hace con ese material podría haber caído fácilmente en el pastiche o en la fantasía de almanaque. No cae. Y no cae por una razón formal precisa: el libro no utiliza a sus personajes históricos como disfraz ni como homenaje. Los utiliza como perspectiva. Cortázar retrata a Laforet; Goya —sí, también— observa lo que queda de su ciudad; Bolaño escapa hacia adelante, hacia su propia muerte, que todavía no ha llegado. Cada encuentro es una forma de leer el siglo XX desde otro ángulo, con la luz apagada, que es quizás la única manera honesta de mirarlo.
La recepción del libro ha tendido a subrayar su carácter lúdico y su ambición enciclopédica. Lo que se ha dicho menos es que la novela tiene un fondo político que va más allá del juego. Uclés sitúa el apagón en una Barcelona de posguerra —la misma que Laforet retrató en Nada, la misma que Orwell ya había visto arder antes— y esa elección no es decorativa. La oscuridad como metáfora del fascismo, de la censura, del silencio impuesto sobre la cultura es un subtexto que el libro sostiene con discreción y con inteligencia.
No todo tiene el mismo peso. Algunos de los encuentros entre personajes históricos son más brillantes que otros, y hay pasajes en los que la novela confía demasiado en el efecto de reconocimiento —el lector reconoce al personaje y eso se convierte en el fin en sí mismo— en lugar de usarlo como punto de partida. Pero el conjunto es sostenido y, en varios momentos, genuinamente emocionante.
Es el libro más ambicioso de David Uclés, y el que deja más claro dónde quiere ir. Merece más conversación de la que ha recibido hasta ahora.
— Ana María Olivares









