Libros y LecturasReseñas y Crítica

La víspera, de Manuel Jabois. El peso de lo que todavía no ha ocurrido

Hay una costumbre que uno adquiere en ciertos trabajos y que ya no abandona nunca: la de tomar nota de las cosas antes de que ocurran. No para anticiparlas —eso es vanidad de adivino— sino para estar en pie cuando lleguen. Los reporteros que han cubierto guerras conocen ese oficio. Jabois, que ha visto unas cuantas cosas desde sus años en los periódicos, también lo conoce.

La víspera es exactamente lo que su título promete: una novela que vive en el instante anterior, en ese tiempo suspendido donde todo puede todavía torcerse o salvarse. Jabois, que viene de una tradición en la que el periodismo y la literatura hablan el mismo idioma —el de Trapiello, el de Caballero Bonald, el del viejo Umbral en sus mejores años—, ha construido aquí algo difícil de hacer sin que se note el andamiaje: una historia donde el tiempo es el verdadero protagonista, no el que miden los relojes sino el que mide la angustia de los hombres.

Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando me pongo a explicar libros: Manuel Jabois escribe bien. No de esa manera decorativa que tan cara sale a los novelistas de generación que confunden el adorno con la prosa. Escribe bien en el sentido técnico, en el sentido de que sabe cuándo acortar la frase y cuándo dejarla respirar, cuándo cavar hondo y cuándo moverse a ras de tierra. En La víspera hay páginas que se leen despacio, no porque sean difíciles, sino porque uno no quiere que terminen.

La historia arranca en ese punto en que los personajes ya llevan tiempo cargando con algo que no han dicho. Hay una deuda —de las morales, que son las que de verdad pesan— y hay una ciudad que funciona a la vez como escenario y como estado de ánimo. Jabois conoce bien esa ciudad. Sabe que los lugares no son neutros en la literatura, que la geografía es también destino, y eso se nota en cada página. La costa gallega, el Atlántico como frontera del mundo conocido: estos elementos no son decorado, son parte de la arquitectura de lo que se cuenta.

Fíjense en cómo trata Jabois a sus personajes. No hay héroes aquí, ni tampoco villanos de catálogo. Hay personas que tomaron decisiones en su momento y que ahora cargan con las consecuencias, lo cual es la única clase de drama que merece la pena narrar. La víspera del título es también la víspera de un ajuste de cuentas —interior, silencioso, de esos que no tienen testigos— y Jabois lo maneja con una precisión que en un escritor menos hábil degeneraría en melodrama. Aquí no degenera.

Les diré una cosa más, y esta me parece importante: en esta novela el diálogo funciona como pocas veces lo he visto funcionar en la narrativa española reciente. No como relleno, no como exposición disfrazada de conversación, sino como acción pura. Cuando dos personajes de La víspera hablan, algo pasa. No siempre lo que esperaban. Esa tensión entre lo que se dice y lo que se calla sostiene la novela mejor que cualquier trama de alta intensidad.

No es una novela que resuelva cómodamente. Jabois no le debe ningún favor al lector en el sentido de los finales redondos. Le debe honestidad, y eso lo paga con creces. Hay en el desenlace una decisión narrativa que puede desconcertar al que busque catarsis fácil; al que esté dispuesto a quedarse con la incomodidad, le resulta exactamente la nota que el libro necesitaba para no mentir.

Compren este libro. Léanlo con el tiempo que se merece, que no es mucho en páginas pero sí en atención.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

Noticias relacionadas

Vista del abismo, de Tomás González. El cuento breve como forma de conocimiento