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Una casa sola, de Selva Almada. Lo que queda cuando todo se va

Hace unas semanas estuve buscando un libro que tenía la seguridad de haber dejado en la mesilla y no estaba. Revisé la estantería, el bolso, la cocina —una siempre acaba revisando la cocina, no sé por qué—, y lo encontré metido entre dos tomos grandes que lo habían aplastado sin querer. Lo abrí por una página cualquiera y me quedé parada un buen rato porque lo que leía me parecía de una precisión extraña, de esas frases que uno siente que estaban esperándole. El libro era Una casa sola, de Selva Almada, y desde entonces no he podido dejar de pensar en él.

Almada es escritora argentina, del litoral, de esa zona del país donde el calor y el río forman parte del paisaje humano de una manera que no se puede fingir. Lleva años publicando una obra que no ha hecho más que crecer —El viento que arrasa, Ladrilleros, Chicas muertas— y en cada libro hay algo que no cambia: esa capacidad de mirar lo pequeño con una atención que lo agranda sin distorsionarlo. Una casa sola hace exactamente eso.

La historia arranca en un momento en que la protagonista vuelve a la casa de su infancia. No porque quiera, sino porque hay cosas que no se pueden dejar para otro día. Una casa sola, dice el título, y uno entiende enseguida que la soledad no es solo la del inmueble sino la de todo lo que el inmueble guarda: los años, los olores, las decisiones que se tomaron ahí dentro y que ya no se pueden deshacer. Almada trabaja con esa clase de material con una delicadeza que me ha hecho pensar en Natalia Ginzburg, en esa manera de narrar lo doméstico sin convertirlo en algo pintoresco ni en algo dramático, sino simplemente en lo que es: la vida de las personas, con todo lo que tiene de rutina y de abismo.

Lo que más me ha gustado, si tengo que elegir, es el tratamiento del tiempo. Una casa sola no avanza de manera lineal; va y viene entre el pasado y el presente con una soltura que no confunde sino que aclara. Cada salto hacia atrás nos da algo que necesitábamos para entender lo que está pasando ahora, y eso requiere un control de la estructura que muchos novelistas no tienen aunque lleven décadas escribiendo. Almada lo tiene y no lo exhibe, que es la mejor señal. La arquitectura del libro solo se aprecia cuando uno termina y se queda un momento quieto pensando en lo que acaba de leer.

Los personajes secundarios también merecen una mención, porque a menudo los secundarios son donde se puede medir de verdad a una escritora. Aquí no hay figurantes: cada persona que aparece, aunque sea en dos páginas, lleva algo propio encima. Una vecina, un familiar, alguien del pueblo que aparece un momento y desaparece: todos están escritos con la misma atención que la protagonista. Esa generosidad no se improvisa.

Hay una escena —no voy a decir cuál para no estropearla— en la que dos mujeres hablan de algo que podría parecer trivial y en realidad es todo. Almada la resuelve en menos de una página. La leí dos veces seguidas porque no me creía que se pudiera hacer tanto con tan poco. A veces un libro entero merece la pena por una escena así.

También quiero decir que Una casa sola no pretende ser una novela grande sobre grandes temas. No hay en ella esa ambición un poco hinchada que uno detecta en los libros que aspiran a ser definitivos. Almada escribe sobre una mujer, una casa, un regreso, unos cuantos días. Y resulta que en eso cabe más de lo que cabría en una saga. Es el tipo de literatura que me recuerda por qué sigo leyendo cuando los libros malos me tienen convencida de dejarlo.

Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Y si luego quieren seguir, que lean El viento que arrasa, que es donde todo empezó.

— Ángela de Claudia Soneira

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