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Maite, de Fernando Aramburu. Lo que el miedo no se lleva

La otra noche, ordenando el cuarto de atrás —esa tarea que una empieza con intención de dos horas y termina tres días después entre cajas que no tendrían que haberse abierto—, encontré un recorte de periódico de julio de 1997. Mi madre lo había guardado, como guardaba ella ciertas noticias, sin que nadie supiera muy bien para qué. El recorte era del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el concejal de Ermua. Lo leí despacio, de pie en el pasillo, y pensé que hay cosas que una creía que estaban guardadas y en realidad siguen abiertas.

Maite es la novela más pequeña que ha publicado Fernando Aramburu en mucho tiempo, y digo pequeña con todo el respeto que merece esa palabra cuando está bien usada. Es pequeña como son pequeñas las cajas que no hay que abrir: por fuera caben en la palma de la mano, por dentro hay demasiado para un solo rato. Aramburu vuelve a San Sebastián, vuelve a sus gentes vascas y vuelve, de reojo, a ETA — pero esta vez sin la épica de Patria, sin los años que hacen falta para que una historia se vuelva monumental. Lo que hace aquí es exactamente lo contrario: coger el fin de semana más brutal del verano de 1997 y ponerlo de fondo, casi callado, mientras en una cocina de Donostia una mujer espera a su hermana que vuelve de América.

Maite tiene el piso recogido, la cena preparada, la inquietud de quien lleva años sin ver a alguien a quien quiere y no sabe muy bien si siguen siendo las mismas. Elene ha vuelto de Estados Unidos porque la madre ha tenido un ictus. El marido de Maite está de viaje. Y ahí, en ese apartamento con las ventanas entornadas para que no entre el calor de julio, mientras en la tele pasan y pasan las imágenes del concejal secuestrado y la gente concentrada en las plazas esperando no saber muy bien qué, estas dos hermanas se reencuentran con toda la incomodidad y todo el amor complicado que tienen los reencuentros de verdad.

Lo que a mí me ha parecido la apuesta más arriesgada del libro — y la que mejor funciona — es que Aramburu casi no habla de ETA. Está ahí, claro, como estaba en todos los veranos de aquellos años, como un zumbido que una aprendía a oír sin oírlo. Pero lo que él cuenta es la conversación entre Maite y Elene: lo que se dicen, lo que no se dicen, el momento en que una sirve otro vaso de vino y hay un silencio que dura demasiado. La violencia política entra en el libro de la única manera en que entra en la vida de la gente corriente, que no es protagonizándola sino distorsionándola por los bordes, cambiando el humor de una tarde, poniendo una tensión en el ambiente que nadie ha pedido y que nadie sabe muy bien cómo quitarse de encima.

He pensado mucho, leyendo Maite, en la frase que da título a la serie de la que forma parte: «Gentes vascas». Hay algo en esa etiqueta —tan llana, tan despojada de drama— que explica bien lo que Aramburu lleva años haciendo. No trata a sus personajes como representantes de nada. Maite no representa a las víctimas ni a los vascos ni a las mujeres que esperan. Maite es Maite, con su cena enfriándose en los fogones y su hermana que acaba de llegar con la maleta llena de ropa americana y algo más, algo que trae de los años fuera, que se irá descubriendo poco a poco mientras hablan y mientras no hablan.

La prosa de Aramburu en este libro es la más contenida que le recuerdo. Hay frases muy cortas, como si él también hubiera aprendido a guardarse. Y hay momentos —uno en particular, cerca del final, cuando las hermanas salen a la calle y ven las velas— en los que la emoción llega sin que el autor la haya anunciado, que es la única manera decente de que la emoción llegue de verdad.

No hace falta haber vivido en el País Vasco en los noventa para que Maite te toque. Hace falta, eso sí, haber tenido alguna vez una conversación con alguien a quien quieres en la que ninguno de los dos dice lo que de verdad está pensando. Y eso, a esta altura, creo que nos incluye a todos.

— Ángela de Claudia Soneira

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