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Lo inesperado, de Pedro Simón. Cuando la realidad devuelve la deuda

La narrativa del periodista que hace literatura arrastra en España un prejuicio antiguo y bastante injusto. Se supone que quien viene de la crónica no puede ir a la ficción sin traer consigo los defectos del oficio: la superficialidad, la prisa, el desprecio por la profundidad. Hay excepciones que bastan para desmentir la regla, y Pedro Simón es una de ellas. Lo inesperado, su nueva novela, confirma que estamos ante un escritor en el sentido más exigente del término, no ante un periodista que escribe libros.

Desde Siete maneras de matar a una pulga, Simón ha ido construyendo una voz que no se parece a ninguna otra en el panorama narrativo español reciente. Es una voz que viene de la atención al detalle real —ese entrenamiento que da el periodismo bien entendido— pero que la usa para algo diferente: para construir mundos interiores de una densidad que la crónica no puede alcanzar porque no es eso lo que le pide al tiempo.

Lo inesperado parte de una situación que cualquiera podría haber vivido: una llamada de teléfono que cambia todo. Lo interesante aquí reside no en la situación sino en lo que Simón decide hacer con ella. La novela no avanza hacia la resolución del problema planteado en ese arranque; avanza hacia una comprensión diferente de lo que ese problema significa, de cómo altera la percepción de todo lo que había antes. Es una novela sobre la temporalidad —sobre cómo un instante divide la vida en un antes y un después que no tienen ya la misma textura—, y Simón la construye con una precisión que en ningún momento se convierte en frialdad.

Conviene detenerse en la voz narradora, que es donde el libro se juega mucho. Simón elige una primera persona que no es confesional en el sentido de la autoindulgencia, sino confesional en el sentido de la honestidad: el narrador se mira a sí mismo con la misma distancia crítica con que miraría a otro. Eso produce una lectura a veces incómoda, porque no hay donde apoyarse en la simpatía fácil; hay que seguir al personaje aunque tome decisiones que no se comparten, y eso requiere del lector una generosidad activa.

La escritura, conviene señalarlo, ha madurado notablemente respecto a obras anteriores. Hay aquí una mayor densidad en la construcción de las frases, una mayor disposición a dejar que el silencio forme parte del texto. Los diálogos —uno de los puntos fuertes de Simón desde el principio— funcionan aquí con la misma eficacia de siempre, pero con una musicalidad adicional que se nota en los ritmos de la pregunta y la respuesta.

Es, en definitiva, una novela que confirma una trayectoria y que lo hace con convicción. Libros como este nos recuerdan por qué la literatura sigue haciendo falta cuando los archivos ya parecen completos.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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