El hotel ha sido, en la novela europea, un espacio de tránsito donde las identidades se suspenden: quien entra deja fuera una parte de lo que es y la recupera, o no, al salir. Es una tradición larga y fecunda, y Hotel Vaim, de Jon Fosse, se instala en ella con una variante que no carece de audacia: aquí el huésped no llega a un lugar ajeno donde ser otro, sino a un lugar donde, poco a poco, deja de ser nadie reconocible.
Conviene situar el libro en su contexto. Hotel Vaim es la segunda parte de un tríptico ambientado en Vaim, un pueblo ficticio, cuyo primer volumen, titulado precisamente Vaim, ya circula en castellano. Random House lo publica en su colección Literatura Random House, con traducción de Cristina Gómez-Baggethun, y la fecha de lanzamiento que consta en las fichas de librería es el 1 de octubre de 2026. Fosse, Premio Nobel de Literatura en 2023, trabaja así con una forma que le es afín, la de la repetición con variación: es probable que el tríptico visite un mismo lugar desde ángulos distintos, de modo que cada entrega ilumine a la anterior sin agotarla.
La premisa, tal como la presenta la editorial, es de una limpieza casi geométrica. Un hombre llega a un hotel que suele estar vacío y del que es, en ese momento, el único cliente. Lo regenta Brita, una mujer imprevisible que parece conocerlo, aunque él está seguro de que nunca se han visto. Se aloja en la habitación 307 y no sabe bien qué lleva en las maletas, cuánto tiempo se quedará ni por qué ha ido allí. Con el paso de los días pierde el control de sus pertenencias y de su voluntad, y su identidad se diluye en una cadena de acontecimientos que lo atan al lugar.
Lo interesante aquí reside en el orden de las pérdidas. Primero las cosas, luego la voluntad, por último —es probable que ese sea el movimiento de fondo— la identidad misma. La novela, a juzgar por esa descripción, no explica por qué el protagonista no sabe qué trae consigo; lo coloca en la situación y deja que la situación trabaje. Es un procedimiento que se reconoce en la tradición del relato de lo inexplicado, de Kafka a Beckett, pero Fosse no necesita presentar credenciales: su prosa, que la crítica ha asociado desde hace años con el ritmo y la repetición, es ya un marco suficiente para que lo extraño resulte natural.
Merece la pena subrayar un detalle de la presentación editorial que pasa fácilmente inadvertido: se habla de un misterio con toques de humor. No es una adición menor. Un relato de identidad que se disuelve puede caer con facilidad en la solemnidad metafísica, y el humor funciona como contrapeso, como un lastre que impide que la historia se eleve hacia la abstracción. Que una mujer parezca conocer a un cliente al que él no ha visto jamás es, en principio, una situación inquietante; es también, vista desde otro ángulo, una escena cómica, y la ambigüedad entre ambas lecturas es probablemente el territorio donde el libro se mueve.
No obstante, hay una cuestión de fondo que la crítica tendrá que dirimir cuando el libro esté en manos de los lectores: si el procedimiento de Fosse, tan eficaz en la brevedad, sostiene la extensión de una novela. La edición castellana ronda las ciento sesenta páginas, y esa medida parece la adecuada para una fábula de esta naturaleza, que pide menos desarrollo que insistencia. Lo que no puedo afirmar, y conviene decirlo, es cómo resuelve el libro su recorrido interior; mi conocimiento procede de la información editorial y no de una lectura completa, y un juicio sobre la construcción exige algo más que una sinopsis.
Lo que sí puede decirse es que el tríptico de Vaim tiene la ambición de una obra que se piensa por conjunto. Esa es una de las decisiones formales más reveladoras de la literatura de Fosse: no escribe libros aislados sino series, ciclos, familias de textos que se responden entre sí, y su valor, probablemente, solo será legible cuando el tercer volumen cierre el arco. Hotel Vaim ocupa, por tanto, la posición más ingrata y más interesante de cualquier tríptico, la del centro, que no tiene ni la promesa del comienzo ni la resolución del final, y que debe mantener la tensión en el vacío.
Es un libro que se leerá mejor, sin duda, con el primer volumen cerca. Y quizá sea esa la enseñanza de fondo: que la literatura de Fosse no se consume, se frecuenta. Un hotel casi vacío, una mujer que lo reconoce, una habitación con un número: con tan poco se levanta un lugar donde la realidad deja de sostenerse, y ahí, en ese borde, es donde esta obra parece haber decidido instalarse.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








