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Un hombre de honor, de Paloma Sánchez-Garnica. Nueva York, 1968, y un silencio que nunca fue inocente

Se llama novela histórica a casi todo lo que ocurre antes de ayer, y conviene decirlo antes de hablar de Un hombre de honor, porque 1968 es una fecha que todavía tiene testigos vivos. Paloma Sánchez-Garnica ambienta su nueva novela en Nueva York ese año, y no es una elección neutra: elegir 1968 es elegir un año en el que una parte del mundo creyó que todo estaba a punto de cambiar, y otra parte decidió que no debía hacerlo.

Los datos de la edición. Lo publica Planeta, en su colección Autores Españoles e Iberoamericanos, con 480 páginas y fecha de salida del 30 de septiembre de 2026. La editorial lo presenta como una novela de amor, poder y lealtades enfrentadas, y subraya el contexto: la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles, el asesinato de Robert Kennedy, los movimientos sociales y los primeros pasos del feminismo. La protagonista es Nicole, a quien la ficha describe como una mujer fuerte, inteligente y valiente, en la línea de las heroínas habituales de la autora.

Hay que detenerse en ese último dato, porque es donde se juega buena parte de la lectura crítica. Tres adjetivos, fuerte, inteligente, valiente, no admiten matiz: son los que se aplican a una protagonista cuando se quiere que el lector se ponga de su lado desde la primera página. No digo que Nicole sea un personaje plano; digo que la presentación editorial la define de manera tan limpia que será en el libro, y no en la ficha, donde se decida si hay una persona detrás de los adjetivos o si los adjetivos son, simplemente, la persona. Esa es la prueba que tiene que pasar cualquier novela de heroínas históricas: demostrar que su protagonista es capaz de equivocarse.

El eslogan de la contracubierta merece más atención que la que suele recibir ese tipo de frases: «No todos estaban dispuestos a callar. Y el silencio nunca fue inocente». No es solo un reclamo comercial. Es una tesis, y una tesis con filo moral: afirma que callar, en 1968 y en Nueva York, fue una forma de participación. Un libro que parte de ahí no puede permitirse la equidistancia, y ese es su riesgo y su mérito potencial. Se pueden hacer muchas cosas con una frase así, y no todas son buenas: se puede convertir la novela en un sermón sobre la valentía de quienes hablaron, o se puede hacer algo más incómodo, que es mostrar lo que costaba hablar y quién pagaba la factura.

Conviene decir también qué lugar ocupa Sánchez-Garnica en el mercado. Es una de las autoras españolas de novela histórica con mayor tirón popular, con títulos como La sonata del silencio o Las tres heridas, y su Victoria ya la reseñamos en esta revista. Esa posición tiene una consecuencia que la crítica suele pasar por alto: su público es amplísimo y, por eso mismo, a menudo se la lee con la condescendencia que el suplemento literario reserva a lo que vende. Me parece un error de método. Una novela que reúne a tantos lectores merece ser discutida con las mismas herramientas que cualquier otra: qué hace con el tiempo, con la documentación, con el punto de vista, con la voz.

Y aquí tengo que ser clara sobre mis límites. Lo que sé de Un hombre de honor procede de la ficha editorial y de los datos de edición; no puedo, por tanto, pronunciarme sobre cómo está construida la trama, si la documentación pesa o respira, ni cómo se mueve en una ciudad que tiene su propia mitología literaria y cinematográfica. Lo que sí puedo decir es qué preguntas hay que hacerle al libro cuando se abra, y son estas: si Nicole decide o solo reacciona, si el contexto histórico es un decorado o una fuerza que empuja, y si el silencio del que habla el lema es algo que el libro trabaja o apenas algo que anuncia.

Hay una razón por la que esta novela merece atención más allá de su nombre en la cubierta. El 1968 que sale en los libros suele ser el de los estudiantes de París o el de la primavera de Praga; el de Nueva York, con Kennedy asesinado, Vietnam en la televisión y un feminismo que apenas empezaba a tener palabras para nombrarse, me parece que aparece menos en nuestra novela. Que una autora de este alcance lo lleve a primera línea abre una conversación pública que va más allá del libro.

Esa conversación es la que importa. Un hombre de honor llega con la maquinaria de un gran lanzamiento y con una frase de cabecera que obliga a algo. Lo que haga con ella es lo que habrá que discutir, con calma y con argumentos, cuando llegue la lectura.

— Ana María Olivares

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