La tradición gótica en la literatura española tiene una historia peculiar: se la ha cultivado con entusiasmo en determinados períodos y se la ha minimizado en los siguientes, como si la cultura literaria dominante necesitara de tanto en cuando distanciarse de sus propias profundidades. Dulcenombre, primera novela de Marina Arrabal publicada por Blackie Books, viene a demostrar que ese subterráneo sigue activo y que puede producir obras de interés genuino cuando el material se trabaja con el cuidado que esta joven autora le da.
La protagonista lleva un nombre que ya es un programa: Dulcenombre. Una joven que sufre lo que los psiquiatras de la ficción llaman delirios místicos, y que en el transcurso de la novela empieza a mostrar en el cuerpo —en el cuello, concretamente— algo que podría ser un estigma. La pregunta que el libro se hace es si Dulcenombre está convirtiéndose en una elegida o en algo más oscuro, y la respuesta que da no es exactamente ninguna de las dos.
Merece la pena subrayar que este esquema, que podría reducirse a un juego de ambigüedades de género, adquiere en la escritura de Arrabal una densidad que va más allá del efecto. Lo que le interesa a la autora no es la resolución del misterio sino el territorio que se abre cuando el cuerpo de una mujer —su cuerpo, su dolor, sus marcas— es interpretado simultáneamente desde marcos que se excluyen entre sí. La psiquiatría y lo sobrenatural no son aquí contrarios que se disputan un diagnóstico: son dos formas igualmente parciales de apropiarse de algo que Dulcenombre no puede ni nombrar ni ceder.
La arquitectura narrativa del libro funciona bien en sus mejores pasajes. La voz en tercera persona guarda una distancia precisa respecto a la protagonista: no la juzga ni la explica, la sigue. Esa decisión formal —que no siempre se sostiene con igual rigor a lo largo de sus páginas— es lo que convierte Dulcenombre en algo más que una novela de género. Hay momentos, los más densos del libro, en que la distancia entre la narradora y su personaje se vuelve casi física, y en esos momentos la escritura tiene una precisión notable. Hay otros en que el andamiaje se muestra demasiado y la trama retrocede hacia lo previsible.
La tradición con la que dialoga el libro es más amplia de lo que el rótulo «gótico» sugiere. Arrabal conoce el gótico anglosajón y probablemente también la narrativa española del siglo XIX que nunca se reconoció como fantástica, y hay momentos en que la contención del relato trabaja muy bien esa herencia sin exhibirla. Lo que construye con esos elementos es, sin embargo, reconociblemente propio: hay en el libro una mirada sobre el cuerpo femenino y sus posibles significados sagrados o malditos que tiene una especificidad cultural española que no suele cultivarse con esta incomodidad.
No es un libro sin costuras. Hay pasajes en que el simbolismo se vuelve demasiado legible, como si la autora no terminara de confiar en que el lector lo encuentre sin indicaciones. Son imperfecciones que no invalidan el conjunto, pero que sí marcan los límites de un debut que de otro modo podría calificarse de casi redondo.
Blackie Books ha publicado en los últimos años un catálogo con una coherencia de criterio poco habitual en la narrativa comercial española. Dulcenombre encaja en esa línea: es un libro exigente, interesante, imperfecto, que merece más atención crítica de la que probablemente recibirá fuera de los circuitos literarios habituales. Es, en definitiva, un debut que deja abierta más de una pregunta sobre adónde irá esta voz cuando haya madurado lo que todavía tiene por madurar.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








