La novela policiaca ha servido a menudo de pretexto para otra cosa, y las mejores han sabido que el crimen es el andamiaje y no el edificio. Día de mareas, de Maylis de Kerangal, publicada por Anagrama en su colección Panorama de narrativas, se propone, según la ficha editorial, retratar a una mujer y a una ciudad bajo la forma de una investigación. La autora, a quien el catálogo de la casa ya había incorporado con títulos como Canoas y Lampedusa, vuelve a un territorio donde el género sirve de cauce a la memoria.
El punto de partida es de una limpieza casi geométrica. En una playa de Le Havre aparece el cadáver de un hombre que lleva en el bolsillo un número de teléfono escrito en una entrada de cine. El número pertenece a la narradora, una mujer de mediana edad que dobla películas y audiolibros y vive en París con su pareja y su hija. La llamada de la policía la devuelve a la ciudad portuaria donde creció y que no visitaba desde hacía años. No conoce al fallecido, o eso cree; los agentes no le ofrecen respuestas claras; ella decide quedarse unas horas más.
Conviene detenerse en el oficio de la narradora, porque es una de las decisiones mejor pensadas del planteamiento. Quien dobla películas y audiolibros pasa la vida poniendo voz a lo que otros han dicho o hecho, interpretando sin firmar: su trabajo consiste en estar al servicio de un texto ajeno con la mayor fidelidad y la menor huella posible. Convertirla en testigo de una muerte que no entiende y en la depositaria involuntaria de un número es hacerla pasar de quien presta la voz a quien debe encontrar la propia. Es una inferencia sobre las intenciones del libro, y como tal debe leerse, pero la coherencia entre el oficio y la situación es demasiado nítida para ser casual.
La ciudad es el segundo personaje, y aquí el libro se apoya en un dato objetivo: Le Havre fue reconstruida tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Una ciudad que se levanta sobre su propia destrucción es un escenario natural para una novela sobre la memoria, porque en ella el pasado no se conserva en las piedras sino en la ausencia de piedras. Según la sinopsis, la narradora recorre los muelles, los antiguos cines, las playas y los bares de su adolescencia, de modo que Le Havre se convierte en un espacio a la vez físico y mental. La investigación, que se describe como fría e impersonal, se entrelaza con el recuerdo de un primer amor truncado, y la historia avanza hacia lo más íntimo.
Ese contraste —un procedimiento policial desapasionado frente a una memoria que arde— es la tensión sobre la que parece levantarse la novela. No obstante, es también su riesgo. Los libros que ponen un enigma al servicio de una evocación se exponen a que el lector reclame la resolución del enigma, y a que la evocación, si es muy poderosa, haga que esa resolución parezca un trámite. La respuesta a la pregunta de quién era el hombre de la playa no tendrá que ser menos interesante que el viaje a la ciudad, pero tampoco puede ser lo único que justifique el viaje.
Otro aspecto que merece atención es el lenguaje. La ficha habla de una prosa precisa, rítmica y muy sensorial, y esa es una promesa que solo puede evaluarse leyendo, aunque el material elegido la favorece: puertos, mareas, salas de cine, el olor de los lugares de la infancia. La marea que da título al libro, además, es una imagen de una exactitud casi técnica para lo que el libro se propone: lo que el mar retira y devuelve, a su hora, sin que nadie lo pida. Que un cadáver y un número de teléfono sean lo primero que devuelve es una forma de decir que la memoria no elige lo que regresa.
Libros como este recuerdan por qué la ficción de investigación sigue siendo uno de los instrumentos más flexibles de la literatura contemporánea: permite entrar en una ciudad por la puerta del crimen y salir por la de la biografía. Si Día de mareas cumple lo que su planteamiento anuncia, será una novela sobre cómo una mujer vuelve al lugar donde fue otra, y sobre lo que queda cuando el mar se retira.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








