La novela que confía su peso a la voz de un niño se enfrenta siempre al mismo riesgo, y es un riesgo doble. Si el narrador infantil suena demasiado infantil, el libro se vuelve un ejercicio de ventriloquia y el lector deja de creerlo en la página veinte; si suena demasiado adulto, la niñez queda reducida a disfraz de una conciencia que no le corresponde. Entre esas dos orillas navega Hija del cielo, la nueva novela de Rodrigo Cortés en Random House, y conviene decir cuanto antes que la travesía le sale bien.
La solución que encuentra el autor es formal y merece ser explicada. El libro no se entrega por entero a la niña: se cuenta a dos voces. Por un lado, un narrador de dicción precisa, mesurada, que ordena el mundo y lo describe con exactitud; por otro, la voz de la protagonista, tumultuosa, cómica, gobernada por asociaciones que van por libre. El contraste no es un adorno de estructura. Es el sistema nervioso del libro. Cada vez que la niña dice algo desmedido, el otro registro está ahí para medir la distancia entre lo que ella cuenta y lo que está pasando, y en esa distancia es donde el lector hace su trabajo.
La protagonista sostiene que tiene dentro al Hombre Guapo. Así lo dice, y la novela se guarda muy mucho de traducirlo. Vive en un pueblo costero donde hay un orfanato regentado por sesenta y una monjas y tres curas —la cifra, tan exacta y tan desproporcionada, marca desde el principio el tono de irrealidad administrada en que se mueve el relato—, y a su alrededor van apareciendo personajes dispuestos a trastocar la paz aparente del lugar. Lo interesante aquí reside en que Cortés no construye una alegoría. Todo lo que ocurre podría leerse en clave simbólica, y sin embargo la novela se resiste a ofrecer la clave, que es una forma de respeto poco común hacia el lector.
Conviene reparar en el modo en que la novela administra lo que el lector sabe. La niña cuenta cosas que no comprende del todo, y el narrador describe con exactitud cosas que no interpreta; de esa doble insuficiencia nace un tercer relato, el que el lector construye por su cuenta y que no está escrito en ninguna página. Es un procedimiento de raigambre antigua —lo practicaron con maestría los narradores que confiaron su historia a un testigo limitado— y exige del autor una disciplina considerable: basta con que se le escape una frase de más, una aclaración piadosa hacia el lector, para que el mecanismo se venga abajo. Cortés no la deja escapar casi nunca.
Cortés viene del cine, y el dato importa menos de lo que la mayoría de las reseñas tienden a suponer. No hay aquí una prosa visual en el sentido perezoso del término, ese que suele servir para decir que un libro se lee rápido. Hay, eso sí, un manejo del tiempo narrativo que revela a alguien acostumbrado a pensar en secuencias: escenas que se cortan un compás antes de lo esperado, información que se retiene sin que el gesto se note, entradas y salidas de personaje resueltas en dos líneas. La novela respira con una cadencia propia y no debe nada al guion, salvo la disciplina.
Merece la pena subrayar el trabajo con el humor. Es un humor que no está puesto para aliviar, que sería lo previsible en una historia con orfanato de por medio, sino para desconcertar. La niña resulta graciosa precisamente cuando cuenta lo que debería darle miedo, y esa desincronización entre el tono y los hechos produce en el lector una inquietud que ninguna escena explícita habría logrado. Conviene detenerse en ello porque es la decisión más difícil del libro: mantener la comicidad sin que se vuelva crueldad del autor hacia su criatura.
Tampoco es indiferente el lugar. Un pueblo costero no es aquí un fondo pintoresco sino una condición del relato: el mar delimita, aisla y promete a la vez, y una institución construida junto a él adquiere de inmediato la cualidad de lo que no tiene salida por un lado y la tiene demasiado abierta por el otro. La novela trabaja esa geografía con sobriedad, sin descripciones morosas, dejando que el paisaje actúe sobre los personajes en lugar de rodearlos. Es una lección que muchos narradores con ambición atmosférica harían bien en estudiar: el espacio literario no se construye acumulando adjetivos, sino decidiendo qué le impide a la gente moverse.
No todo funciona con la misma fortuna. El coro de personajes que rodea a la protagonista es abundante y no todos reciben el mismo cuidado; hay alguna figura que entra con promesa de importancia y se queda en apunte, y el tramo intermedio acumula más incidentes de los que la historia necesita para sostener su tensión. Se advierte cierta tentación de exuberancia, que es el defecto característico de los narradores con imaginación abundante y suele costar más caro en las novelas breves que en las extensas. Esta no es breve, y aguanta.
Queda por señalar lo que a mi juicio constituye el logro mayor. La novela trata de una infancia rodeada de institución —religiosa, cerrada, numerada— y no cae en el ajuste de cuentas. Nadie firma aquí un alegato. Las monjas no son monstruos ni son santas; son sesenta y una personas haciendo su oficio en un edificio junto al mar, y el mal, cuando aparece, no lleva hábito ni deja de llevarlo. Esa negativa a repartir papeles convierte un material que otros habrían resuelto como denuncia en algo bastante más duradero.
Hija del cielo confirma que Cortés escribe novelas por necesidad y no por prestigio añadido, que es una distinción que el lector percibe siempre aunque no sepa nombrarla. Y deja una idea dando vueltas mucho después de cerrado el libro: que los niños no inventan para huir de la realidad, sino para poder sostenerla mientras dura.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








