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Breve historia herética de la música clásica, de Alessandro Baricco. Ocho siglos contados como alegoría agrícola

La divulgación musical se ha movido tradicionalmente entre dos polos poco fecundos: la erudición que excluye al lector no especializado y la simplificación que renuncia a explicar nada de lo que hace grande a una obra. Entre ambos extremos hay, sin embargo, un tercer camino, más raro y más arriesgado, que consiste en pensar la historia de la música no como sucesión de nombres y fechas sino como relato con figuras y tensiones propias. A ese camino pertenece, con todas sus virtudes y todos sus excesos, la obra ensayística de Alessandro Baricco, y Breve historia herética de la música clásica —Feltrinelli, traducción de Xavier González Rovira, ciento sesenta y ocho páginas— es su última incursión en él.

Conviene situar el libro en la trayectoria de su autor. Baricco venía de El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin, ensayo en el que denunciaba, con la contundencia del converso, la arrogancia con la que la música clásica se ha instalado en el prurito de la trascendencia y el desprecio del entretenimiento. Aquel libro tenía la tensión de la regañina bien construida: excesivo, sí, pero argumentado con una prosa apretada que no daba tregua. Esta Breve historia herética nace de una ambición distinta, más narrativa que polémica, y el resultado, conviene decirlo desde el principio, es desigual.

El planteamiento central del libro es una alegoría que recorre toda la historia de la música europea bajo la imagen del neolítico. Los polifonistas, de Léonin a Palestrina, aparecen como cazadores-recolectores que recogen del bosque de los sonidos aquello que ya estaba ahí, dispuesto por una mano ajena. Los maestros que van de la seconda prattica monteverdiana hasta la Eroica beethoveniana se convierten en agricultores, dueños de granjas sonoras en las que la creación se somete a torsiones deliberadas. Y los contemporáneos —de Beethoven en adelante, hasta Wagner, Mahler o Ligeti— quedan retratados como incendiarios que, tras dinamitar esas granjas, se dispersan en todas direcciones y dejan al público atrás, en lo que Baricco llama, sin medias tintas, un grandioso éxodo.

Merece la pena detenerse en la naturaleza de esta imagen, porque de su eficacia depende buena parte del juicio que uno pueda formarse sobre el libro. Una alegoría agraria aplicada a ocho siglos de música tiene la virtud de ordenar un material inabarcable en una estructura memorable, y Baricco, que es sobre todo un narrador, sabe explotar esa virtud con oficio. Pero la misma alegoría, llevada hasta sus últimas consecuencias, empieza a forzar la realidad histórica que pretende iluminar: no todo lo que sucede entre Monteverdi y Beethoven es domesticación agrícola del sonido, como no todo lo que sucede después de la Eroica es incendio y diáspora. La imagen ilumina, pero también simplifica, y en ese punto el lector avisado tendrá que decidir cuánto está dispuesto a conceder a cambio de la claridad narrativa que se le ofrece.

Donde el libro gana, con claridad, es en la prosa. Baricco no deja de fabricar imágenes, y aunque no todas alcanzan la misma altura, hay hallazgos que justifican por sí solos la lectura: el canto gregoriano descrito como un silencio invencible que germina bajo la piel del desastre; el temperamento igual convertido en un sutil genocidio de las afinaciones naturales; los temas musicales reducidos a esquirlas de vida. Y hay, además, una observación de fondo verdaderamente valiosa, que recuerda que en el Renacimiento la música fue la única de las artes que no contó con un espejo griego del que partir: tuvo que renacer sin ruina previa, sin copia romana, sin traducción árabe que la sostuviera. Esa idea, por sí sola, justificaría un ensayo entero.

No es, en definitiva, un libro redondo, ni pretende serlo. Es un libro que arriesga una tesis discutible con la convicción de quien prefiere una imagen memorable, aunque imperfecta, a la prudencia de quien no arriesga nada. Baricco sigue siendo, en esta Breve historia herética, lo que ha sido siempre: un pensador que conoce la música por dentro y un narrador que no puede evitar contarla como relato. Que el relato no siempre resista el contraste con la historia que narra no le resta interés a la empresa; le da, más bien, la condición de libro necesario para discutir, que no es la condición más cómoda pero sí, a menudo, la más duradera.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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