Hay libros que llegan con el peso de quien los escribe antes de que uno abra la primera página. Los valientes están solos es uno de ellos: Roberto Saviano lleva veinte años viviendo bajo protección policial por lo que escribió sobre la Camorra, y ahora regresa con la novela de Giovanni Falcone, el juez que desmanteló la Cosa Nostra desde dentro y que la Mafia asesinó en 1992. Conviene decir esto desde el principio porque condiciona la lectura, y porque sería deshonesto no reconocerlo.
El libro no es una biografía al uso. Saviano construye a Falcone desde la ficción: reconstruye diálogos, interiores psicológicos, tensiones que no quedaron en ningún acta. Lo interesante aquí reside precisamente en esa elección. Hay una decisión de acercarse a Falcone como personaje literario —con todas las libertades y todos los riesgos que eso implica— en lugar de como figura histórica. El resultado es una novela que se siente urgente, a veces demasiado urgente: el ritmo no afloja, la prosa empuja, y eso tiene su precio en los momentos donde la reflexión necesitaría más espacio.
Lo que mejor funciona es el retrato de la soledad del que decide hacer bien su trabajo en un sistema que no quiere que lo haga. Falcone siguió el rastro del dinero cuando los demás miraban hacia otro lado. Buscó colaboradores entre los mafiosos arrepentidos cuando la institución desconfiaba de ese método. Obtuvo victorias que el aparato judicial y político fue deshaciendo sistemáticamente desde las alturas. Saviano no necesita cargar las tintas: los hechos son suficientemente elocuentes, y tiene la disciplina de dejarlos hablar.
Se ha hablado poco, en las reseñas que ha recibido este libro, de la decisión formal de escribirlo en castellano —o al menos de que la traducción de Juan Manuel Salmerón esté tan integrada que se lee como original. No es un detalle menor. Los valientes están solos llega a España como un libro europeo sobre un problema europeo: la corrupción estructural, la connivencia entre poder político y crimen organizado, la soledad del que no cede. Ese marco importa.
No es una novela perfecta. Hay pasajes donde el tono se vuelve demasiado reverencial, donde la admiración de Saviano por Falcone aplana lo que podría haber sido más complejo. Pero es un libro necesario, escrito por alguien que sabe lo que cuesta mantenerse en pie cuando el sistema pesa en contra. Eso se nota en cada página.
Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga. Y también el tipo de libro que uno querría que leyeran quienes hoy ocupan los despachos que Falcone intentó limpiar.
— Ana María Olivares








