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Aquí me paro, de Javier Marías. Lo que un escritor deja dicho cuando ya no puede corregirlo

Hay libros póstumos que se presentan como saldo de almacén y libros póstumos que se presentan como proyecto propio, interrumpido pero no improvisado. Aquí me paro, que Alfaguara puso en librerías el 10 de septiembre, pertenece a la segunda categoría, y conviene decirlo antes de que la etiqueta de «inéditos de Javier Marías» lo confunda con lo primero.

No es una novela recuperada de un cajón ni el típico rescate editorial que se organiza a toda prisa cuando un autor muere y hay que rentabilizar el nombre mientras dure el duelo. Marías empezó a pensar esta recopilación en 2020, cuando todavía estaba vivo y todavía escribía; la aparcó porque tenía entre manos Tomás Nevinson y consideró, según cuentan quienes conocían el proyecto, que la reunión de artículos no corría prisa. Murió en 2022 sin haberla cerrado. Su viuda, Carme López Mercader, ha terminado el trabajo y ha elegido el título: el de un ensayo que Marías publicó en la revista Ínsula en 2013 sobre las Novelas ejemplares de Cervantes. No es un detalle menor. Es la señal de que este libro quiere leerse como continuación del pensamiento de Marías sobre la literatura, no como epitafio.

El volumen reúne sesenta y seis piezas —artículos, discursos, prólogos, ensayos— escritas entre 2001 y 2020, más de una docena de ellas inéditas hasta ahora en su castellano original. Se organiza en seis bloques temáticos: «Pararme a pensar», dedicado a su propia obra y al oficio de escribir; «Para no llamarnos a engaño», sobre política y sociedad; «Las mejores lecciones», sobre cine y series; «La emoción desinteresada», sobre fútbol; «Los que iluminan el mundo», sobre otros autores; y «Homenajes», dedicado a figuras de la cultura. Cierra el volumen, a modo de apéndice, la declaración con la que Marías rechazó en 2012 el Premio Nacional de Narrativa por Los enamoramientos. Ese apéndice es, para quien quiera leer políticamente el libro, la pieza más reveladora de todas: ahí está el Marías que desconfiaba de las instituciones que reparten legitimidad literaria, colocado justo al final de un libro que —hay que decirlo— es en sí mismo un ejercicio de construcción de legado.

La prensa que ha recibido Aquí me paro en las últimas semanas lo ha hecho, en general, con una devoción que roza lo acrítico: «páginas más desconocidas», «voz que sigue viva», «diálogo que se prolonga». Todo eso es cierto y todo eso es, también, la forma más cómoda de hablar de un escritor muerto al que ya nadie quiere señalar defectos. Falta, en esa recepción, una pregunta más incómoda: qué hace un libro así con la obra de un autor que en vida cuidó obsesivamente qué se publicaba con su nombre y cuándo. Marías no era de los que soltaban textos sin repasar; era, al contrario, de los que reescribían una y otra vez la misma frase hasta que sonara exactamente como él quería. Reunir en un volumen sesenta y seis piezas de circunstancia —muchas escritas para un periódico, con la fecha de caducidad de la actualidad que comentaban— es una operación que él mismo, cabe sospechar, habría mirado con una ceja levantada.

Y sin embargo el libro funciona, y funciona por una razón muy concreta: la dispersión temática no diluye la voz, la expone. Da igual que hable de un partido de fútbol, de una película de Fritz Lang o de la censura en la Europa contemporánea: el procedimiento es siempre el mismo, la observación que se demora, la reserva que se introduce antes de afirmar nada del todo, la ironía que llega tarde y por eso duele más. Es un libro que se puede leer sin cronología —de hecho conviene leerlo así, saltando de bloque en bloque— porque lo que sostiene el conjunto no es el tema sino el modo de mirar. Ahí está su verdadero valor, y no en la promesa, algo inflada por el marketing editorial, de que estas páginas «revelan» un Marías nuevo. No lo revelan. Lo confirman, que es distinto y, para quien ya lo conocía, más interesante.

Hay un problema que ningún artículo de prensa sobre este libro ha querido tocar: el momento de la publicación. Diez días antes de la fecha en que Marías habría cumplido setenta y cinco años no es una coincidencia editorial, es una decisión de calendario comercial disfrazada de homenaje. Se puede aceptar sin escandalizarse —los libros se venden cuando se venden mejor, esto no es nuevo— pero conviene nombrarlo, porque la piedad hacia los muertos no debería impedir mirar con la misma frialdad con la que Marías miraba él mismo el mundo editorial que retrata, entre otros muchos asuntos, en más de una de estas páginas.

Aquí me paro no es el mejor sitio para empezar a leer a Javier Marías. Es, en cambio, el mejor sitio para seguir leyéndolo cuando ya se le conoce, y para descubrir que su literatura no vivía solo en las novelas largas de frases más largas todavía, sino también en el artículo de encargo, en el prólogo ajeno, en la nota sobre un futbolista. Este es un libro que merece discutirse con esa doble vara de medir —el afecto y la sospecha a la vez— y no solo con el elogio fácil que ya ha recibido.

— Ana María Olivares

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