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Sala Augusta seguit de Llengua materna, de Sebastià Alzamora. Un cine convertido en cárcel y el idioma que queda cuando ya no hay nada más

Hay una costumbre que conservo desde mis tiempos de reportero, y es la de fijarme siempre en los edificios que cambiaron de oficio a la fuerza. Un teatro convertido en cuartel, una iglesia convertida en almacén, un cine convertido en cárcel. Ese último caso, que a uno le suena a metáfora y no lo es, sostiene el poema con que Sebastià Alzamora acaba de ganar el Premio Nacional de Poesía: treinta mil euros y, lo que importa más, un puñado de lectores nuevos para un libro que se lo merece.

Sala Augusta seguit de Llengua materna, publicado por Proa, está escrito en catalán, y lo digo de entrada porque me parece de mala fe disimularlo, como si el idioma fuera un detalle incómodo que se pudiera pasar por alto en una reseña. No lo es. Es parte del asunto del libro, y ya volveré a eso.

El volumen se divide en dos mitades que no se parecen y que, sin embargo, se necesitan. La primera, Sala Augusta, es un único poema largo, de verso libre, construido alrededor de un cine que existió de verdad en el centro de Palma y que durante la Guerra Civil se usó como prisión. Alzamora reconstruye desde ahí las historias de quienes pasaron por esas butacas convertidas en celdas, y lo hace con un lenguaje que se mueve entre lo lírico y lo áspero, sin permitirse el consuelo fácil de la elegía bonita. Es poesía de la memoria histórica, sí, pero sin la solemnidad de panfleto que suele acompañar al género cuando lo escribe alguien que no ha entrado de verdad en el material. Alzamora ha entrado. Se nota en el pulso de los versos, que no piden compasión: la exigen, y lo hacen con una urgencia que a uno le recuerda —permítanme la comparación, que no es gratuita— a la de un parte de guerra bien escrito, donde cada palabra pesa porque detrás hay un muerto real.

Llengua materna, la segunda parte, cambia de registro sin cambiar de intensidad. Aquí el poeta se aparta de la plaza pública y entra en su propia casa: un homenaje a su madre, a una infancia humilde sostenida por mujeres que trabajaban para la industria del calzado, ese oficio que en Mallorca dio de comer a tantas familias durante décadas. El título no es casual. La lengua materna no es solo el catalán en que está escrito el libro: es también la lengua concreta de una madre concreta, la que enseña las primeras palabras antes de que nadie las convierta en bandera de nada. Ahí está, a mi juicio, el verdadero logro del libro: conseguir que la memoria colectiva de Sala Augusta y la memoria íntima de Llengua materna se sostengan la una a la otra sin que ninguna de las dos quede en segundo plano. El jurado lo ha señalado así, y por una vez no me parece que el jurado exagere.

Ahora bien: hablemos del idioma, que decía que iba a volver a él. Se puede leer Sala Augusta seguit de Llengua materna en catalán, que es como hay que leerlo si se puede, o esperar a una eventual traducción, que a estas alturas todavía no existe y que espero que alguna editorial se anime a encargar pronto, porque sería una pena que un libro de este calibre se quedara solo en los lectores que ya dominan la lengua en que fue escrito. No hago con esto ninguna reivindicación política, que para eso están otras páginas de otros periódicos: hago una reivindicación literaria, que me parece más seria. Un libro que trabaja tan bien el dolor de la Guerra Civil en Mallorca y el cariño hacia una madre que cosía zapatos merece cuantos más lectores mejor, vengan del idioma que vengan.

Sospechaba, antes de leer sobre este libro, que un premio nacional de poesía en catalán iba a despachar el asunto con la displicencia habitual: un titular, dos líneas, y a otra cosa. Tenía razón en sospechar. Siempre la hay. Pero eso no cambia lo que el libro es: una de las noticias poéticas más serias de este septiembre, aunque haya llegado en una lengua que a demasiados críticos de este país todavía les da pereza abrir.

Léanlo, o pídanselo a quien se lo pueda traducir en voz alta si hace falta. Un cine que fue cárcel y una madre que cosía zapatos no son temas menores, y Alzamora los ha puesto a la altura que merecen.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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