Hay un tipo de novela que la crítica española despacha en tres líneas porque no sabe muy bien qué hacer con ella: vende demasiado para ignorarla y no encaja en la conversación que quiere tener. Carmen Mola lleva instalada en esa incomodidad desde que apareció, en 2017, y Los Huérfanos, que Planeta publica el 9 de septiembre, la agudiza.
Empecemos por lo que no es el asunto. El asunto no es el seudónimo. Que detrás de Carmen Mola estén Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero se sabe desde octubre de 2021, cuando subieron los tres a recoger el Premio Planeta por La Bestia y se abrió la polémica que todos recordamos. Aquella discusión —sobre si tres hombres habían construido deliberadamente una autora ficticia para vender, sobre qué significaba la maniobra en términos de mercado y de género— fue legítima y ya ha dado de sí todo lo que podía dar. Volver a ella cada vez que publican es una forma de no leerlos.
Porque hay algo que sí merece discusión, y es lo que estos tres guionistas han hecho con la novela negra española. Los Huérfanos arranca en un orfanato de Belfast donde tres niños crecieron con el miedo por ley y la violencia como única forma de sobrevivir. Aquel infierno los convirtió en hermanos y en algo bastante más peligroso. Años después son los dueños de un imperio criminal que va de Irlanda a la Costa del Sol, y en Marbella han aprendido, dice la novela, que el poder no se hereda: se arranca. Frente a ellos, otra familia que también conoce el precio del poder, los Pastor, y por encima de todos, moviendo los hilos, una mujer a la que llaman la Hermana Mei. Cuando Trevor Strummer es acusado de un asesinato en Madrid, la fiscal Laura Pastor se enfrenta al caso más importante de su carrera y descubre que su propia familia está enredada en él.
Conviene decir una cosa: esa sinopsis es descaradamente comercial y funciona. El planteamiento de Mola siempre ha sido el mismo, y es un planteamiento de guionistas: escalada, giro, cierre de capítulo que obliga a pasar la página. Lo hicieron en la serie de la inspectora Elena Blanco —La novia gitana, La Red Púrpura, La Nena, Las madres, El Clan— y lo repiten aquí con la maquinaria más engrasada. Hay que reconocerles la eficacia, que en este oficio no es poca cosa y que muchos autores con mejor prensa no alcanzan.
También hay que señalar el precio. La violencia sigue siendo, en Mola, un recurso de intensidad antes que un problema moral. Los Huérfanos vuelve a apoyarse en el maltrato infantil como origen y explicación de todo, y esa ecuación —el trauma fabrica monstruos— es cómoda, es antigua y evita las preguntas más difíciles sobre por qué unos las cometen y otros no. El propio reclamo con el que la editorial presenta el libro lo formula sin pudor: hay heridas que no se cierran y de ellas nacen los monstruos. Como eslogan es excelente. Como idea sobre la violencia real es bastante pobre.
Hay, además, un desplazamiento que merece atención. La serie de Elena Blanco era madrileña, sucia y cerrada. Los Huérfanos se abre a un mapa criminal internacional —Belfast, Marbella, dinero, mafias asiáticas— que sitúa a Mola en el terreno del thriller de gran formato, más cerca de la producción audiovisual que del noir de raíz social. No es un accidente. Es una decisión de mercado y conviene leerla como tal, con lo que gana en ambición y con lo que pierde en espesor.
Diré lo que creo. Los Huérfanos es un libro competente, medido y enormemente vendible, que hace exactamente lo que promete y ni un milímetro más. No es la clase de novela que cambia a un lector. Es la clase de novela que lo entretiene sin insultarlo, que es un objetivo respetable y que en España se cumple menos de lo que parece.
Lo que me interesa de verdad es otra cosa. Que un producto tan calculado sea, año tras año, uno de los pocos libros españoles que lee gente que no lee habitualmente. Eso dice más sobre el estado de nuestra conversación literaria que sobre Carmen Mola. Y ese sí es un asunto del que deberíamos hablar largo, y no solo cuando toca hablar del seudónimo.
— Ana María Olivares








