Hay una costumbre que conservo desde mis tiempos de reportero y es la de desconfiar de los libros que prometen explicarlo todo en pocas páginas. Los he leído a docenas, y la mayoría eran estafas amables: mucha cubierta, mucho prólogo y una tesis que cabía en un telegrama. Por eso, cuando cayó en mis manos la ficha de Europa en siete capítulos y medio, de Timothy Garton Ash, que publica Taurus, hice lo que hago siempre: buscar la trampa. Y la trampa, de momento, no aparece. Lo que aparece es un historiador británico que, según la editorial, ha dedicado una vida a estudiar y recorrer el continente y que ha decidido contarlo en unas doscientas páginas.
Les cuento lo que se sabe, porque no pienso inventarme nada. La editorial presenta el libro como una historia de Europa erudita pero accesible, pensada como una breve introducción que recorre, según la crítica que ya lo ha reseñado, la geografía, las revoluciones, la política, el fútbol y la gastronomía. Y destaca las paradojas del continente, que son la mejor baza del texto: una costa más larga que la circunferencia terrestre; la posibilidad de desayunar en un país y almorzar en otro en pocas horas; el hecho de que aquí nacieran la democracia y muchas ideas transformadoras, y de que aquí también se libraran miles de guerras en el último milenio. Todo eso, y una tesis que me parece sólida: las fronteras de imperios desaparecidos siguen influyendo en los mapas electorales actuales.
Fíjense en esa última frase, porque merece que uno se detenga. Que las fronteras de imperios muertos condicionen todavía hoy cómo vota la gente es una afirmación fuerte, comprobable y, si está bien argumentada, devastadora para quienes creen que la historia es un decorado. Es la clase de idea que un buen divulgador sabe convertir en imagen: el mapa electoral de un país que se superpone al de un imperio que se disolvió hace un siglo. Digo «si está bien argumentada» porque no he visto cómo lo hace el libro, y una frase de contracubierta no es una demostración.
El título es otro acierto, o al menos otra declaración de intenciones. «Siete capítulos y medio» es una fórmula con humor: renuncia a la solemnidad de los grandes tratados y se permite un guiño con ese «medio» que sobra, o que falta. No he encontrado en lo publicado qué es ese medio capítulo, y no voy a fingir que lo sé. Pero reconozco el gesto: un autor serio que no se toma tan en serio como para no reírse del formato.
Hay otro asunto que me interesa, y es el de los públicos. La ficha menciona, entre los lectores a quienes se dirige, a viajeros, estudiantes de relaciones internacionales y aficionados a la historia, la geopolítica y la cultura. Es una lista generosa y, por eso mismo, peligrosa: quien escribe para todos corre el peligro de no escribir para nadie. Un libro de este tamaño tiene que decidir su registro, y la mezcla de fútbol, gastronomía y revoluciones sugiere que ha elegido el de la conversación inteligente, no el de la cátedra. Es una elección legítima, y probablemente acertada, pero obliga a mantener el rigor a una velocidad de crucero que no admite descuidos.
Cuando uno ha pasado años escribiendo desde el terreno aprende que la anécdota es el modo más rápido de decir la verdad y también el más rápido de falsearla. Un detalle bien elegido, como el del desayuno en un país y el almuerzo en otro, puede explicar un continente; mal elegido, lo simplifica hasta la caricatura. Ahí se la juega el libro entero. Y ahí, no en el prólogo ni en la tapa, es donde habrá que juzgarlo.
Y aquí viene mi reserva, que es de oficio. Un libro breve sobre un continente entero corre el riesgo permanente del catálogo: la lista de paradojas simpáticas que entretienen una tarde y no dejan huella. Lo que separa a un buen ensayo corto de una colección de curiosidades es la columna vertebral. Si Garton Ash tiene una tesis que atraviesa los capítulos, y la de las fronteras fantasma sugiere que sí, el libro será una herramienta valiosa; si no, será una excursión agradable por un museo.
Ahora bien, el momento es bueno. Europa es hoy un asunto que se discute a gritos y se conoce poco, y una introducción escrita por alguien que la ha estudiado y recorrido durante décadas, y con sentido del humor, es exactamente lo que hace falta en la mesilla de noche. Compren este libro si quieren entender por qué los mapas del pasado siguen mandando en el presente. Léanlo con un atlas al lado, que es como se lee de verdad.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








