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Tío grande, de Jacobo Bergareche. Dos duelos que se encuentran en una partida de mus

Toda literatura del duelo se enfrenta tarde o temprano a una tentación muy concreta: la de convertir la pérdida propia en materia exclusiva, en un territorio cerrado donde el dolor del autor ocupa todo el espacio disponible y no deja sitio para nadie más. Es comprensible y hasta legítimo, pero produce libros que solo pueden leer quienes ya sabían de antemano lo que iban a encontrar. Tío grande, de Jacobo Bergareche, que publica Libros del Asteroide, hace exactamente lo contrario, y esa decisión es la que lo levanta.

El origen del libro es de una sencillez casi novelesca. Bergareche organiza cada año un torneo de mus en memoria de su hermano Roque, asesinado en África. Una de esas noches intentó negociar con el encargado del local, un joven llamado Amadou, una hora de cierre más tarde. De aquella negociación salió una conversación, y de la conversación salió esto: que Amadou había huido de su casa en Guinea-Conakri a los doce años junto a cinco amigos, con la intención de llegar a Europa, y que el trayecto duró cuatro años y solo dos de ellos lo consiguieron.

Lo interesante aquí reside en lo que el autor hace a continuación, que no es escribir el libro. Es viajar con Amadou hasta la aldea de la que salió. Esa decisión —ir al origen, recorrer el camino en dirección contraria, acompañado— determina la forma entera del volumen y lo separa de la abundante literatura sobre migración escrita desde el escritorio o desde el reportaje de tres semanas. Bergareche no entrevista a Amadou. Va con él.

La arquitectura del libro entrelaza dos historias que no se parecen en nada y que, sin embargo, comparten una pregunta. Por un lado, la de Roque, un hermano muerto de manera violenta y lejos. Por otro, la de Amadou y los cuatro que no llegaron. Merece la pena subrayar que el autor no establece equivalencias entre ambas pérdidas. Sería el error obvio y sería, además, una impostura: el duelo de un escritor español con recursos y el duelo de un chico que enterró amigos por el camino no son la misma cosa, y el libro lo sabe desde la primera página. Lo que hace es ponerlos a convivir y dejar que el lector observe cómo se iluminan mutuamente sin fundirse.

Detengámonos un momento en el torneo de mus, que es mucho más que la anécdota de la que arranca el libro. Un torneo anual en memoria de un muerto es una de esas liturgias laicas que las familias se inventan cuando las liturgias heredadas ya no les sirven: una fecha fija, unas reglas, unas manos ocupadas en algo y un nombre que se pronuncia sin tener que explicar nada. La literatura del duelo suele buscar el momento de la revelación o el de la despedida; este libro empieza en cambio en la rutina de recordar, que es lo que de verdad ocupa los años posteriores a una pérdida y lo que casi nadie escribe porque carece de climáx.

Bergareche viene de Los días perfectos y del ensayo Amistad, y quien haya leído aquel segundo título reconocerá aquí una continuidad que no es temática sino moral. El vínculo entre dos personas que no tenían ninguna razón para encontrarse sigue siendo su asunto central. Lo que cambia es que ahora el vínculo no se piensa: se practica, con billetes de avión, con incomodidades, con la asimetría evidente que hay entre quien puede escribir un libro sobre el viaje y quien hizo el viaje de verdad.

Conviene detenerse en esa asimetría, porque el libro tampoco la esconde. Hay páginas en las que el narrador se interroga sobre su propio lugar —qué derecho tiene a contar esto, qué obtiene él del relato ajeno, qué obtiene Amadou— y esas páginas son de las mejores del conjunto. No resuelven nada, que es lo honesto. La incomodidad queda planteada y sigue ahí cuando el lector cierra el volumen.

Conviene subrayar también lo que el libro hace con la duración del viaje de Amadou. Cuatro años no son una travesía: son una adolescencia entera. El relato periodístico habitual comprime esos años en el trayecto de una patera, porque la imagen de la patera es la que el lector reconoce, y al comprimirlos borra lo esencial, que es el tiempo detenido —los meses trabajando en una ciudad de paso, las esperas sin fecha, los regresos parciales—. Bergareche restituye esa duración y con ella restituye también una biografía: quien salió de la aldea con doce años no es el mismo que llegó con dieciséis, y el libro se ocupa de los años que van de uno a otro.

No obstante, el libro presenta un desequilibrio que conviene señalar. La voz de Amadou llega siempre filtrada por la de Bergareche, que escribe bien y con una cadencia muy suya, tan reconocible que en ocasiones uniformiza lo que cuenta. Hay momentos en que uno querría oír al otro sin mediación, con su propia sintaxis y sus propios silencios, y el libro no lo concede del todo. Es un límite inherente al planteamiento —quien escribe es quien escribe—, aunque no por ello deje de notarse.

Queda, con todo, lo esencial. Tío grande pertenece a esa clase de libros que sirven para desmontar una estadística. Los migrantes que aparecen en las noticias son cifras porque el formato las exige; aquí hay seis chicos con nombre saliendo de una aldea concreta, y cuatro que se quedaron en el camino. La literatura no arregla eso, ni lo pretende. Lo que hace es impedir que se olvide que eran seis y que cada uno se llamaba de alguna manera.

Es, en definitiva, un libro sobre lo que une a dos hombres que han perdido a alguien y no tenían nada más en común. Bastaba con eso para empezar a hablar, que es bastante más de lo que suele bastarnos.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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