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La última vez que te digo adiós, de Natza Farré. La heroína contada desde la casa, no desde la calle

Conviene decirlo desde el principio: la memoria cultural española de los años ochenta tiene un agujero del tamaño de una familia. Tenemos películas sobre la heroína, canciones, documentales, un imaginario entero de jeringuillas y descampados. Lo que casi no tenemos es el salón. La última vez que te digo adiós, que Natza Farré publica en Sexto Piso, se instala ahí: en el piso de una familia de clase media donde uno de los hijos empieza a consumir y nadie sabe qué hacer con eso.

Farré escribe como hermana menor. La posición importa y el libro la explota con inteligencia: la hermana pequeña es la que mira desde abajo, la que se entera de las cosas a medias, la que crece dentro de una situación que para ella es sencillamente la normalidad porque no ha conocido otra. Esa perspectiva evita de entrada los dos lugares comunes del género, que son la mirada clínica y la mirada del arrepentimiento. Aquí no hay diagnóstico ni hay ajuste de cuentas. Hay una niña que va entendiendo, año tras año, lo que está pasando en su casa.

El material de trabajo es doble: recuerdos y correspondencia familiar. La presencia de las cartas cambia la naturaleza del libro. Un testimonio construido solo con memoria queda siempre a merced de quien recuerda; con documentos delante, la autora se ve obligada a contrastar su propia versión, y hay pasajes en los que descubre que las cosas no fueron exactamente como las había guardado. Esos pasajes son los mejores. No por el efecto dramático, sino porque demuestran que el libro no está escrito para confirmar una tesis previa.

Hay dos ideas que el texto sostiene y que merecen discutirse. La primera: el silencio como pacto. Farré describe un hogar donde nadie miente exactamente pero donde todos acuerdan, sin acordarlo nunca en voz alta, lo que no se nombra delante de los vecinos, delante de la familia extensa, delante de la niña. La segunda: la culpa como prisión emocional, repartida de forma desigual entre los padres, entre los hermanos, entre quien consume y quien mira. Ninguna de las dos ideas es original en la literatura sobre adicciones. Lo que sí es poco frecuente es verlas funcionar a la vez, porque el silencio produce culpa y la culpa refuerza el silencio, y ese bucle es exactamente lo que mantiene a una familia entera sin pedir ayuda durante años.

Conviene decir algo sobre la clase social, porque el libro lo pone en el centro y la conversación pública sobre aquellos años sigue sin hacerlo. La heroína se cuenta casi siempre como fenómeno de barrio obrero, y eso permite a muchísimas familias mirarla desde fuera. Farré escribe desde un hogar de clase media, con sus estudios, su piso y su reputación que cuidar, y ese desplazamiento cambia la naturaleza del relato: lo que aparece no es la miseria como causa, sino la vergüenza como agravante. Donde hay algo que perder —el qué dirán, la posición, la idea que la familia tiene de sí misma— el silencio se organiza mejor y dura más.

El libro no suaviza la incomodidad y hace bien. Aquí no hay redención narrativa: hay pequeñas esperanzas, victorias fugaces, recaídas, y otra vez. Quien haya tenido cerca un trastorno por consumo reconocerá ese ritmo, que no tiene nada de literario y que es difícilísimo de escribir sin que el lector se canse. Farré lo resuelve por acumulación breve: escenas cortas, años que pasan en una línea, el mismo diálogo repitiéndose con leves variaciones. La estructura imita el bucle en lugar de explicarlo.

Hay que insistir en algo que el libro no hace, porque casi todo lo que se publica sobre aquella década sí lo hace: no hay aquí ni una línea de estética yonqui. Ni romanticismo de la autodestrucción, ni fascinación por el margen, ni banda sonora. La heroína en estas páginas no es un símbolo generacional ni una metáfora del desencanto posfranquista: es una sustancia que se lleva a un chico y deja a cuatro personas sentadas a una mesa sin saber qué decirse. Esa desmitificación es una posición política, y la firmo entera.

Hay una tensión que el libro no resuelve y que, a mi juicio, es su mayor hallazgo: la de estar contando una historia que no le pertenece del todo. El hermano no escribe. La versión que llega al lector es la de la hermana pequeña, construida con sus recuerdos y con cartas que él firmó pero que ella selecciona y ordena. Farré es consciente y lo dice, sin convertirlo en coartada ni en tema. Esa conciencia de estar ocupando la voz de otro coloca al libro por encima de la mayoría de los testimonios familiares, que suelen escribirse con la seguridad de quien cree tener derecho a contar lo que vio.

Lo que menos me convence es el tramo final. Después de un libro entero que se resiste a las conclusiones, las últimas páginas buscan un cierre más ordenado del que el resto había merecido: aparece un intento de balance, de sentido retrospectivo, que rebaja un poco la aspereza conseguida. Entiendo la necesidad —quien escribe sobre su hermano tiene derecho a despedirse como pueda— pero como lectora eché de menos que el libro terminara tan sin permiso como había empezado.

Aun así, y por decirlo con claridad: este es el libro sobre los ochenta que faltaba. No el de los que se murieron, que ya está escrito muchas veces, sino el de los que se quedaron en la casa mirando cómo pasaba. Fueron muchísimos. Casi ninguno lo ha contado. Merece la pena leerlo y merece la pena, sobre todo, discutir por qué hemos tardado cuarenta años en querer oírlo.

— Ana María Olivares

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