Hace años, en una cena, una mujer me contó que su hijo adolescente le había mentido durante meses sobre algo pequeño —dónde pasaba las tardes— y que lo peor no fue descubrirlo, sino la certeza posterior de que había estado conviviendo con un desconocido. Lo dijo sin dramatismo, removiendo el café. Me acordé de aquella conversación leyendo El hijo del oligarca, el nuevo libro de Patrick Radden Keefe que Seix Barral publica el 16 de septiembre, y que lleva un subtítulo que lo resume mejor de lo que yo sabría: un joven impostor, una tragedia familiar, una ciudad devorada por la corrupción.
La historia es real y empieza mal. Zac Brettler, diecinueve años, muere al caer desde el balcón de un lujoso piso de Londres, propiedad de un hombre de reputación dudosa. Y cuando sus padres empiezan a preguntar, descubren algo que no encaja con el chico que creían conocer: Zac se había presentado ante determinada gente como el hijo de un oligarca ruso. No lo era. Se lo había inventado, y con esa invención se había metido en un mundo del que sus padres no sabían nada.
Radden Keefe es redactor de The New Yorker y autor de dos libros que a mí me marcaron: No digas nada, sobre el conflicto de Irlanda del Norte, y El imperio del dolor, sobre los Sackler y la epidemia de opioides. Es de esos periodistas que trabajan durante años una sola historia y que consiguen que uno la lea como si fuera una novela sin dejar de saber en ningún momento que no lo es. Esa es una habilidad rarísima y no consiste, como suele decirse, en escribir bien. Consiste en saber dónde ponerse.
Aquí se pone al lado de los padres. Y eso lo cambia todo. Podría haber escrito el libro desde el dinero —el blanqueo, los pisos vacíos de Londres comprados con fortunas de origen turbio, la maquinaria financiera que convierte una capital europea en lavadero— y habría salido un reportaje excelente y frío. Lo que hace es entrar por la puerta de una casa en la que dos personas normales intentan averiguar quién era su hijo. Todo lo demás, la corrupción, el dinero sucio, la violencia, llega detrás, arrastrado por esa pregunta doméstica.
A mí lo que más me ha removido no es la trama criminal, con serlo. Es la parte que habla de la mentira del chico. Porque Zac no mintió por maldad ni, según todos los indicios, por un plan. Mintió por lo que mienten muchos chavales: por querer ser alguien en un sitio donde no era nadie. Y esa mentira, que en otro barrio y con otra gente habría sido una fanfarronada sin consecuencias, en ese Londres concreto lo puso al alcance de personas para las que un adolescente fantasioso es material aprovechable.
Hay una pregunta que el libro no formula pero que a una se le queda dentro: cuánto de lo que sabemos de nuestros hijos es lo que ellos nos dejan saber. Y otra, más incómoda todavía: qué haríamos nosotros si tuviéramos que reconstruir a un hijo muerto a partir de los pedazos que dejó, sabiendo que algunos de esos pedazos eran falsos.
No es una lectura fácil y no debería serlo. Radden Keefe tiene además una virtud que agradezco especialmente en este tipo de libros: no convierte a nadie en personaje. Ni a los padres en símbolo del duelo, ni al chico en emblema de una generación, ni a Londres en metáfora. La gente sigue siendo gente hasta el final, con sus contradicciones y sus zonas que no se explican. Eso, que parece lo mínimo, es lo que casi nunca se cumple.
Sobre la ciudad diré poco, porque el libro lo dice mejor. Solo esto: uno lee sobre esos pisos carísimos de Londres comprados por sociedades que no existen en ninguna parte y piensa que es un asunto de titulares económicos, muy lejos de la vida de cualquiera. Y de pronto resulta que en el balcón de uno de esos pisos había un chaval de diecinueve años. Ese es el trabajo del libro: acortar la distancia entre la abstracción financiera y un cuerpo concreto en el suelo. No hay manera de leerlo y seguir pensando en el dinero opaco como en un problema técnico.
Se ha señalado este libro como una de las apuestas fuertes de la temporada, y lo es. Pero yo lo recomendaría por otra razón, menos noble y más honesta: porque es de los pocos libros de periodismo que he leído últimamente que no me han hecho sentir más lista al terminarlo, sino más frágil. Y a estas alturas eso me parece bastante más valioso.
Merece la pena que se dejen encontrar por él. Eso sí, no lo empiecen de noche.
— Ángela de Claudia Soneira








