Libros y LecturasReseñas y Crítica

El chico del norte, de Sam Sussman. Una granja, una madre que se muere y un padre que quizá sea Bob Dylan

Hace unos días, esperando el autobús bajo la lluvia, vi a un chico de unos veinte años con los auriculares puestos que movía los labios siguiendo una canción, y pensé en esa manera que tenemos de heredar música de gente que nunca conocimos. Supongo que por eso me quedé tanto rato pensando en El chico del norte, la novela de Sam Sussman que Siruela publica en su colección Nuevos Tiempos, con trescientas treinta y cuatro páginas, y cuyo argumento gira alrededor de una pregunta que todo hijo se ha hecho alguna vez: de quién vengo.

Lo que cuenta la ficha de la editorial es lo siguiente. Evan tiene veintiséis años y vuelve a la granja donde creció con su madre, June, tras una llamada confusa e inesperada. Ignora que ella se está muriendo, las razones que la llevaron a dejar Nueva York en su juventud para cambiar de vida y quién es su padre biológico. Tampoco conoce la intensa y turbulenta relación que ella mantuvo con Bob Dylan, a quien él admira y con quien, dice la sinopsis, muchos aseguran que se parece físicamente. Mientras cuida de su madre, ella le revela la verdad que él lleva tiempo buscando. La novela, añade la editorial, está inspirada en la incierta identidad del padre y retrata una relación madre-hijo íntima, además de reflexionar sobre la pérdida, la memoria y el poder redentor del amor.

Tengo que decir una cosa que me parece importante: no sé qué hace el libro con Dylan. La premisa tiene un gancho evidente, y los ganchos evidentes son peligrosos, porque el lector acude a ellos y se olvida de lo demás. Si El chico del norte fuera solo una novela sobre «el hijo secreto de», sería un entretenimiento. Pero la sinopsis insiste en otra cosa: la granja, la madre moribunda, el cuidado. Y a mí lo que me llama la atención es ese vuelo hacia lo pequeño, lo que ocurre cuando alguien de veintiséis años tiene que ocuparse de las últimas semanas de la persona que lo crió y descubre que no la conocía.

Según la prensa que ha presentado el libro, la novela parte de un ensayo autobiográfico publicado en Harper’s. Es un dato que conviene tener en cuenta con cautela, porque no dice qué hay de real en la novela, solo que su origen es un texto en primera persona. Lo que cambia es la lectura: ya no se trata de un juego con una celebridad, sino de una escritura que nace de una duda verdadera sobre el propio origen. Una duda así no se resuelve, se cuenta, y la novela es la forma que ha encontrado de hacerlo.

Digo todo esto con las reservas de quien no ha leído el libro. Pero hay algo en la figura de la madre que me interesa mucho. June, tal como la presenta la sinopsis, es una mujer que se fue de Nueva York y cambió de vida, que guardó un secreto durante décadas y que decide contarlo cuando ya no le queda tiempo. A una le pasa que reconoce a esas madres: las que callan por protección y hablan por urgencia. Si la novela les da voz, y no solo función, será mucho más que una anécdota musical.

Me detengo también en el escenario. Una granja es un sitio donde las cosas se hacen a su hora, donde el trabajo no espera y donde una enfermedad convive con los animales y la comida. La ficha no detalla cómo es esa granja ni dónde está, y no pretendo suplirlo; solo señalo que situar un final de vida en un lugar productivo, y no en un hospital, cambia el tono de la novela: la muerte aparece entre tareas, y la tarea es, muchas veces, lo que impide que uno se desmorone. Es una intuición mía sobre lo que el entorno permite, no una afirmación sobre lo que el libro hace.

El riesgo, claro, es la sentimentalidad. «El poder redentor del amor» es una frase de contraportada que puede prometer hondura o empalago, y nada se sabe aún de cuál de las dos cosas es. Hay temas que exigen una escritura seca para no hundirse, y la muerte de una madre es el primero de ellos.

Lo dejo aquí, con el autobús que por fin llegó y el chico de los auriculares subiendo delante de mí. Merece la pena que se dejen encontrar por este libro quienes sepan que a veces la pregunta importante no es de quién somos hijos, sino quién nos cuidó mientras lo averiguábamos.

— Ángela de Claudia Soneira

Noticias relacionadas

Europa en siete capítulos y medio, de Timothy Garton Ash. Los mapas de imperios muertos que todavía mandan