Se ha dicho que cada nueva novela de Arturo Pérez-Reverte es una novela sobre el mar. Esta lo es, desde luego, pero hay que decirlo con precisión: La hipótesis más peligrosa, que Alfaguara publica el 20 de octubre con trescientas noventa y dos páginas, es sobre todo una novela sobre un adolescente que busca a un padre, y el Mediterráneo es el sitio donde esa búsqueda se vuelve peligrosa. La diferencia importa, porque define qué se le puede pedir al libro.
Lo que se sabe, según la editorial, es esto. Cal Gadea tiene dieciséis años, ha sido criado por sus abuelos y es aficionado a los videojuegos. Su padre, Asier Lerrant, es un hombre hermético y áspero a quien nunca conoció. Siguiendo pistas y una foto antigua, Cal lo localiza en un puerto mediterráneo, porque quiere saber por qué los abandonó a él y a su madre. Viajan juntos en un velero que se utiliza para traficar con arte robado. La búsqueda personal se mezcla con un enigma histórico y una trama policíaca, y Lerrant le enseña al chico a navegar y a anticipar el peligro. La novela, añade la ficha, combina aventura e iniciación y explora el Mediterráneo como un lugar moldeado por siglos de guerra, exilio y mito.
Hay que reconocer, antes de entrar en materia, lo evidente: el planteamiento es muy de su autor. Un velero, un puerto, un secreto, un hombre áspero que enseña un oficio a otro más joven. Pérez-Reverte lleva décadas trabajando con esos elementos, y la pregunta que importa no es si sabe manejarlos, sino si aporta algo nuevo a una combinación que ya ha ensayado. La respuesta no está en la sinopsis. Lo que sí está es un cambio de protagonista que puede ser decisivo: un chico de dieciséis años aficionado a los videojuegos es un punto de vista muy distinto del de los marinos y soldados veteranos que suelen poblar las novelas de aventuras, y esa distancia generacional puede ser la fuente de la frescura o de la impostura.
Conviene fijarse en el detalle de los videojuegos. Es un rasgo de época que la ficha menciona con intención, y que plantea un reto conocido de la literatura sobre jóvenes: cómo escribir una sensibilidad contemporánea sin caer en el catálogo de referencias que envejece en un año. El adolescente que ha crecido entre pantallas y se encuentra de pronto en un barco, con el mar real, el peligro real y un padre real, ofrece un contraste potente. Que Lerrant le enseñe a navegar y a anticipar el peligro sugiere un tema de fondo, el aprendizaje de la intemperie, que me parece el más prometedor de todos. Es una lectura mía, y la novela dirá si la merece.
El segundo hilo, el enigma histórico, es el que suele decidir estas novelas. Pérez-Reverte tiene una reputación de documentación sólida y de saber hacer que la erudición avance la trama en lugar de detenerla; el lector exigente juzgará si aquí lo consigue, porque un misterio histórico injertado en una novela de iniciación puede acabar sobrando en uno de los dos lados. Y hay que dejar claro que el tráfico de arte robado es un decorado ambiguo: entretiene, pero conviene que sirva a algo más que a la intriga.
Queda un asunto que la ficha apenas roza y que, para una lectura crítica, es el central: la relación entre el padre y el hijo. Un hombre hermético y áspero y un chico que lo busca para pedirle cuentas son dos posiciones que pueden dar una novela memorable o un esquema. Todo depende de si Lerrant tiene una razón propia, y no solo una función; de si el abandono se explica sin justificarse; de si Cal puede enfadarse con él sin que la trama lo apacigüe por decreto. Es el terreno en el que se mide la diferencia entre un novelista de acción y uno que quiere algo más. No sé de qué lado cae este libro, y sospecho que la respuesta no estará en las escenas de mar sino en las de cubierta, cuando los dos hablan.
Dicho todo esto, el libro merece atención. Una novela de aventuras con un adolescente y un padre ausente es una apuesta de oficio, y el oficio de su autor es indiscutible. Lo que habrá que discutir es si hay riesgo. Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una conversación larga, y más de una, pasado el estruendo de la semana de lanzamiento.
— Ana María Olivares








