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Una conciencia nueva, de Silvia Bardelás. La desafección no es tristeza

El diagnóstico con el que arranca Silvia Bardelás vale por medio libro: el problema del sujeto contemporáneo no es la infelicidad, es la desafección. Conviene detenerse en la distinción, porque no es un matiz. La infelicidad supone todavía un vínculo con aquello que falta, un deseo que no se cumple, una expectativa frustrada. La desafección es otra cosa: es la retirada previa, el no llegar a implicarse, la sospecha de que nada de lo que ocurre nos concierne del todo. Una conciencia nueva, que publica Acantilado, se dedica entero a pensar esa diferencia y sus consecuencias.

Bardelás sostiene que vivimos instalados en una experiencia fragmentada, desconectados de nosotros mismos y de los demás, y que ese estado tiene causas identificables: la abstracción creciente de la vida material, la mediación tecnológica de casi todo vínculo y un individualismo que se nos vendió como emancipación. Hasta aquí, el diagnóstico coincide con el de media biblioteca contemporánea. Lo que distingue a este ensayo es lo que hace después, y ahí es donde merece la pena discutirlo.

La operación central del libro consiste en tomar la pregunta filosófica más gastada de todas —quién soy— y negarse a responderla en los términos habituales. Bardelás rechaza tratarla como cuestión metafísica, que es como la despacha la tradición, y también como cuestión terapéutica, que es como la despacha el mercado editorial del bienestar. La plantea como cuestión política. La identidad, viene a decir, no es un contenido que uno tenga guardado dentro y deba descubrir mediante introspección, sino algo que se construye en la relación con otros y con un mundo compartido. Si el mundo compartido se deshace, la identidad se deshace con él. Y ningún trabajo interior repara lo que se ha roto fuera.

Es una tesis con filo, y conviene ver contra quién va dirigida. Va contra toda la industria del autoconocimiento, contra la idea de que la respuesta al malestar está en mirarse mejor a uno mismo, contra la privatización del sufrimiento que ha convertido problemas colectivos en asuntos de gestión emocional individual. Bardelás no lo formula con esta beligerancia —su tono es sereno, incluso demasiado sereno para el material que maneja—, pero la consecuencia está ahí y es difícil de esquivar.

La autora dirige una editorial independiente y ha traducido y publicado durante años pensamiento que en España circula poco, y eso se nota en la textura del libro: hay una familiaridad con la tradición fenomenológica y con cierta filosofía de la relación que no es de segunda mano. También se nota, hay que decirlo, en algún vicio de la casa. El ensayo asume por momentos un vocabulario que sus lectores potenciales no comparten, y hay pasajes en los que la argumentación avanza sobre presupuestos que no llega a explicitar. Un lector culto pero no filosófico se quedará fuera en dos o tres tramos. Es una lástima, porque el libro tiene una vocación pública evidente y se pone a sí mismo obstáculos que podría haberse ahorrado.

La recepción, hasta ahora, ha sido escasa y ha ido por el carril equivocado: se lo ha presentado como un ensayo sobre el malestar contemporáneo, junto a otros diez que aparecen cada temporada con esa etiqueta. No es eso. Los libros del malestar describen; este propone una tesis sobre la constitución del sujeto y saca de ella consecuencias que incomodan a izquierda y derecha por igual. Que se lo haya despachado en tres líneas dice menos del libro que del estado de la crítica de ensayo en este país, donde la filosofía solo recibe atención cuando viene firmada por un nombre que ya tiene público.

Queda por decir lo que el libro no consigue. La parte propositiva —qué sería exactamente esa conciencia nueva que da título al volumen— es la más débil y la más breve, y termina apoyándose en formulaciones que suenan más a horizonte deseable que a argumento. Bardelás sabe demoler la respuesta individualista y sabe mostrar por qué la relación es constitutiva; le cuesta bastante más explicar cómo se construye hoy un mundo compartido cuando las instituciones que lo sostenían han perdido casi todo su crédito. La pregunta se queda abierta y el lector cierra el libro con la sensación de que faltaban cincuenta páginas.

No basta con decir que es un ensayo estimable. Lo es, pero lo importante no es eso. Lo importante es que plantea en serio una discusión que llevamos años teniendo mal: la de si el desamparo que sentimos es un problema privado que cada cual debe resolverse por su cuenta o un asunto que nos concierne en común. Bardelás argumenta lo segundo con solvencia. Y esa discusión, con este libro o sin él, es la que hay que tener.

— Ana María Olivares

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