Libros y LecturasReseñas y Crítica

Todas las noches, todas las ciudades, de Dolores Redondo. El escritor interrogado por crímenes que ya había escrito

La novela de misterio ha encontrado en la figura del escritor perseguido por su propia obra una de sus mejores trampas. Es un recurso que arrastra una larga tradición, la del autor cuyos libros se cumplen sin que él lo quiera, y que plantea una pregunta de fondo sobre la relación entre ficción y realidad. Todas las noches, todas las ciudades, de Dolores Redondo, publicada por Destino en su colección Áncora & Delfín, se sitúa en esa tradición con una ambición física evidente: setecientas cincuenta y dos páginas en tapa dura.

La sinopsis de la editorial, de la que solo es visible el comienzo, establece el punto de partida. Benedict Newman es, dice, el escritor más célebre de su generación. Cuando la policía lo interroga a propósito de unos crímenes idénticos a los de su último libro, sufre un colapso. El resto de la sinopsis no aparece en la ficha consultada, de modo que cuanto pueda decirse del desarrollo sería conjetura. Lo que sí figura es la adscripción: la novela forma parte de la serie Los Valles Tranquilos, y sale el 21 de octubre. La crítica que la ha presentado la describe como un thriller que desafía los límites entre ficción y realidad.

Conviene detenerse en la elección del protagonista. Un escritor célebre es un personaje que permite hablar del oficio desde dentro, de la fama, de la responsabilidad de lo escrito y del vértigo de que la realidad imite a la página. Es un terreno que la literatura de género ha explorado con resultados muy desiguales, y que exige a quien lo emprende una cierta distancia irónica: el escritor que escribe sobre un escritor tiende al narcisismo, y solo se salva cuando consigue reírse un poco de sí mismo. Si Redondo lo logra, el libro tendrá una dimensión metaliteraria que enriquecerá la intriga; si no, será una variación más sobre un esquema conocido.

El título, con su enumeración de noches y ciudades, sugiere una estructura de ronda o de recorrido que el lector tendrá que confirmar, porque la ficha no la describe. Lo interesante aquí reside en que la extensión, tan considerable, obliga a preguntarse por el ritmo. Setecientas cincuenta y dos páginas son un compromiso de lectura que el género negro, acostumbrado a la rapidez, no siempre sabe sostener. Las novelas largas de misterio se justifican cuando la intriga se despliega con capas que la brevedad no permitiría; se condenan cuando el relleno disfraza la falta de recorrido. No obstante, la serie a la que pertenece sugiere un mundo ya construido, y es razonable esperar que esa construcción previa permita a la novela concentrarse en el avance de la trama.

Hay también una cuestión de lenguaje que importa en novelas de este formato. Un thriller tan extenso necesita una prosa capaz de sostener la tensión sin recurrir al subrayado, y de variar el registro entre las escenas de investigación, las de interrogatorio y las de intimidad. Un protagonista cuyo oficio es escribir ofrece, además, la oportunidad de contrastar voces: la del personaje en la vida cotidiana, la de sus propios textos citados, la de quienes lo rodean. No sé si la novela la aprovecha, pero es el tipo de recurso que distingue a un thriller con aspiraciones literarias de uno que solo aspira a la eficacia.

Habrá que prestar atención, además, a cómo se resuelve el pacto con el lector. Cuando un escritor es interrogado por crímenes calcados de su libro, todas las lecturas posibles son sospechosas: el culpable, el inocente manipulado, el plagiado, el profético. La fuerza de este tipo de novelas está en mantener abiertas todas las lecturas durante el mayor tiempo posible sin hacer trampa, y el verdadero reto técnico consiste en que la solución, cuando llegue, parezca inevitable en retrospectiva.

Es, en definitiva, una novela cuya valoración dependerá de la fidelidad entre la promesa y la ejecución. La premisa es sólida, la figura del escritor perseguido ofrece un campo fértil, y la autora llega con un nombre ya asentado en el género. Pero un nombre no escribe páginas, y setecientas cincuenta y dos son muchas para sostenerlas con prestigio. Merece, con todo, una lectura atenta, y un juicio que llegue después de las últimas páginas y no antes.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

Noticias relacionadas

El chico del norte, de Sam Sussman. Una granja, una madre que se muere y un padre que quizá sea Bob Dylan