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Cómo hablar de la muerte a los niños, de Delphine Horvilleur. El silencio que creímos protector

Se ha colocado a Delphine Horvilleur en la mesa de novedades de autoayuda y ahí empieza el malentendido. Cómo hablar de la muerte a los niños, que publica Libros del Asteroide, no es un manual. No trae fórmulas por edades, no propone guiones ni ofrece las tres frases que conviene decir cuando muere un abuelo. Quien lo compre buscando eso se va a llevar un chasco. Quien lo lea por lo que es va a encontrar uno de los ensayos más finos que se han traducido este año.

Horvilleur es rabina en París y lleva años acompañando a familias en el momento exacto en que la muerte entra en una casa. Esa experiencia es el material del libro, y conviene decirlo con precisión: no es material anecdótico ni ilustrativo. Es el suelo desde el que se piensa. Cuando ella escribe sobre lo que un niño de seis años pregunta en un tanatorio, no está imaginando la escena. Estuvo allí. Y esa diferencia se nota en cada página, porque el libro carece por completo de la abstracción cómoda que suele arruinar los ensayos sobre el duelo.

La tesis central es incómoda y por eso interesa: el silencio con el que protegemos a los niños de la muerte no los protege. Los deja solos. Horvilleur desmonta con paciencia el conjunto de eufemismos que los adultos hemos construido —se ha ido, se ha dormido, está en un lugar mejor— y muestra lo que hacen realmente esas frases, que es trasladar al niño la incomodidad del adulto sin resolverle nada. El niño, que suele ser mejor lector de silencios que nosotros, entiende que hay un territorio del que no se puede hablar. Y de eso, precisamente de eso, es de lo que hay que protegerlo.

El libro se construye con tres materiales que la autora alterna sin jerarquía: los cuentos clásicos, los textos y rituales de la tradición judía, y los casos que ha acompañado. La operación tiene un riesgo evidente, el de la ensalada culta, y Horvilleur lo evita por una razón de método: no usa los cuentos como adorno erudito sino como prueba. Si los relatos que llevamos siglos contando a los niños están llenos de madres muertas, huérfanos y bosques peligrosos, algo dice eso sobre lo que los niños pueden efectivamente sostener. Nosotros les leemos esas historias por la noche y por la mañana les decimos que el abuelo se ha ido de viaje. La contradicción es nuestra, no suya.

La parte sobre los rituales es la que más se ha ignorado en las reseñas que ha tenido el libro hasta ahora, y es una lástima, porque ahí está lo más original. Horvilleur defiende el ritual —el funeral, el gesto repetido, la fecha que vuelve cada año— no desde la fe sino desde la función: el rito da forma a un tiempo que sin él sería informe, y a los niños, que necesitan estructura para procesar lo que no entienden, les ofrece un lugar donde estar. Que esto lo argumente una rabina y lo argumente de manera que sirva igual a un lector agnóstico dice bastante de su inteligencia. No hay proselitismo en el libro. Hay tradición usada como herramienta.

Tiene costuras, y hay que señalarlas. El volumen es breve y en algunos tramos se nota que la autora pasa de largo por asuntos que pedían más desarrollo: la muerte de un hermano, por ejemplo, o el duelo en familias donde no hay ninguna tradición religiosa a la que agarrarse, que en Europa son ya mayoría. La traducción resuelve bien un texto lleno de juegos idiomáticos, aunque en dos o tres pasajes se percibe la tensión del original francés asomando por debajo.

Nada de esto compromete el conjunto. Lo que Horvilleur ha escrito es un libro sobre cómo seguir viviendo con quienes hemos perdido, y su destinatario real no son los niños sino los adultos que tienen que hablar con ellos. Ahí está su honestidad: no promete quitar el dolor ni convertirlo en aprendizaje, que es la trampa habitual del género. Se limita a sostener que poner palabras a la pérdida es preferible a no ponerlas, y que la fragilidad se transmite mejor nombrándola.

Queda una cuestión de fondo que el libro deja abierta y que merecería la discusión pública que no está teniendo. Vivimos en sociedades que han externalizado la muerte casi por completo: ocurre en hospitales, la gestionan profesionales, se despacha en cuarenta y ocho horas y se vuelve al trabajo. Los niños son solo el eslabón más visible de un desamparo que nos alcanza a todos. Horvilleur no lo formula así de frontalmente, pero está en cada página.

Este es el tipo de libro que conviene leer antes de necesitarlo. Después ya es tarde, y quien haya pasado por ello sabe de sobra que en ese momento nadie lee nada.

— Ana María Olivares

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