65Libros y LecturasReseñas y Crítica

Mierdificación, de Cory Doctorow. El naufragio lento de internet

Conservo de los años en que me ganaba la vida escribiendo lejos de casa una manía que no he sabido quitarme: cuando algo empieza a ir mal, miro el casco antes que la vela. Lo aprendí de un patrón de cabotaje en Águilas, hombre de pocas palabras y muchas millas, que me explicó una tarde que los barcos rara vez se hunden por una vía de agua espectacular. Se hunden despacio, por juntas que nadie revisó, por un óxido que llevaba tres temporadas trabajando en silencio. Cuando la tripulación se da cuenta, ya no hay mucho que hacer salvo achicar y rezar lo que uno sepa. Me acordé del patrón y de su óxido leyendo el libro de Cory Doctorow, que Capitán Swing publica con el título más honrado que ha llevado un ensayo en mucho tiempo: Mierdificación.

Doctorow —canadiense, novelista de ciencia ficción y activista digital desde hace más de veinte años— acuñó hace un par de años la palabra enshittification para nombrar algo que todos ustedes han notado sin ponerle nombre: la impresión de que internet funciona hoy peor que hace diez años. Que buscar algo se ha vuelto una carrera de obstáculos. Que las redes enseñan lo que quieren y no lo que uno pidió. Que las aplicaciones que eran cómodas ahora piden peaje en cada esquina. No es impresión suya, señoras y señores. Es un plan, y el libro lo desmonta pieza a pieza.

El patrón que describe tiene tres tiempos y funciona como un mecanismo de relojería, o mejor, como una maniobra de abordaje bien ejecutada. Primero la plataforma es magnífica con los usuarios: barata, cómoda, generosa, ahí está para que uno se instale y traiga a los suyos. Después, cuando ya somos multitud y mudarse cuesta lo que cuesta abandonar una casa, la plataforma se vuelve magnífica con las empresas: anunciantes, vendedores, medios, todos los que necesitan llegar a esa multitud. Y cuando también ellos están atrapados, llega el tercer tiempo, que es cuando se cierran las escotillas y se exprime a unos y a otros hasta el último céntimo. No hay maldad de opereta en esto. Hay incentivos, hay ausencia de competencia y hay una jurisprudencia que durante décadas miró hacia otro lado. Doctorow lo explica sin una sola concesión al tecnicismo, con ejemplos que cualquiera reconoce porque los ha sufrido esta misma semana.

Lo que distingue este libro de la abundante literatura apocalíptica sobre lo digital es que no se queda en el lamento. Y aquí conviene ser justo, porque lamentarse es lo fácil y vende mucho. Doctorow sostiene que la degradación no es un destino tecnológico sino el resultado de decisiones políticas concretas, y que decisiones políticas concretas pueden revertirla. Habla de interoperabilidad —que uno pueda irse de una plataforma llevándose sus contactos y sus datos, como se cambia de compañía telefónica sin perder el número—, habla de competencia real, habla de derecho de reparación y de control ciudadano. Son propuestas modestas, aburridas, técnicas. Por eso mismo son creíbles. Desconfíen siempre del que promete revoluciones y no sabe explicar el reglamento.

El tono es combativo y a ratos gamberro, con esa alegría del que lleva tanto tiempo peleando que ya ha perdido el miedo a que le llamen exagerado. Se le nota el oficio de novelista en la manera de construir cada caso: hay tensión narrativa en la explicación de cómo se estropea un servicio, lo cual tiene su mérito. Y se le nota también la militancia, que en algún tramo le lleva a repetir el argumento más veces de las necesarias. El libro tiene unas cuantas páginas de más. No serán ustedes los que se quejen del precio: lo que aprenderán aquí lo van a usar mañana mismo.

Les diré lo que más me ha interesado, que no es el diagnóstico técnico sino lo que hay debajo. Todo esto ocurrió mientras mirábamos. No hubo un asalto nocturno ni una toma del poder con banderas; hubo veinte años de condiciones de servicio que nadie leyó, de fusiones que ningún regulador impidió, de comodidad aceptada a cambio de dependencia. El óxido en las juntas, como decía mi patrón de Águilas. Y ahora achicamos.

Hay una lección vieja en todo esto y Doctorow la formula sin sentimentalismo: ninguna infraestructura de la que dependemos debería estar en manos de quien puede empeorarla a voluntad porque no tenemos dónde ir. Eso valía para los caminos, para el agua y para el correo, y vale para esto. Que nos haya costado tanto entenderlo dice más de nosotros que de las empresas, que se limitaron a hacer lo que hace cualquiera cuando puede: cobrar más por menos.

Compren este libro. Léanlo despacio, con el móvil boca abajo sobre la mesa, que es la única postura decente para leerlo. Y después no digan que no se lo avisaron, porque llevan avisándonos veinte años y hemos preferido seguir mirando la pantalla.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

Noticias relacionadas

Cómo hablar de la muerte a los niños, de Delphine Horvilleur. El silencio que creímos protector