La otra tarde estuve ordenando cajas en casa de mi madre —esa tarea que una va aplazando porque sabe que en realidad no ordena cajas, ordena la vida de otra persona— y entre manteles que ya no usa nadie apareció la llave de una casa que vendimos hace años. Una llave que no abre ninguna puerta. Y allí seguía, sin embargo, guardada con cuidado, como si tirarla fuese tirar algo más. Me acordé de esa llave nada más empezar Albión, la nueva novela de Anna Hope, porque trata exactamente de eso: de las casas que heredamos y de lo que pesa de verdad una herencia.
La historia arranca con una reunión familiar. Ha muerto el padre y los hermanos vuelven a la casa de campo que da título al libro para decidir qué hacen con ella. Y ya saben ustedes cómo son estas cosas: una casa nunca es solo una casa. Es la infancia, es el dinero, es lo que cada uno cree que se le debe, son los agravios que llevaban años durmiendo en los cajones. Hope los reúne a todos bajo el mismo techo y deja que salten las chispas sin prisa, con esa paciencia de quien sabe que las verdades de familia se dicen siempre de refilón, a la hora de fregar los platos.
Una de las hijas, Frannie, quiere convertir la finca en un refugio natural, devolver la tierra a lo salvaje, dejar que el campo vuelva a ser campo y no decorado. A mí, lo confieso, es el personaje que más me ha llegado, porque en su empeño hay algo conmovedor y a la vez incómodo: la idea de que cuidar de la tierra también es un privilegio que no todos pueden permitirse. Alrededor de ese proyecto se ordenan las tensiones del libro, que son las de cualquier herencia: qué se vende, qué se conserva, qué le debemos a los muertos y qué le debemos al suelo que pisamos.
Y aquí está lo bueno: Hope no da lecciones. Podría haber escrito un panfleto ecologista con personajes de cartón, y en cambio ha escrito una novela de gente, con sus contradicciones a cuestas. Cada hermano tiene su razón y su miseria, y una va cambiando de bando según quién habla, que es lo que pasa en las familias de verdad. La cuestión del medio ambiente, del privilegio de clase, de lo que una generación le deja a la siguiente, está toda ahí, pero metida en la conversación, no colgada encima como un cartel.
Se nota además que la autora ha leído despacio a las grandes sagas familiares y que ha sabido traerlas a nuestro tiempo sin que suenen a museo. Hay duelo, hay rencor, hay también ternura y momentos de comedia muy fina, de esa que aparece justo cuando el dolor aprieta. Lo leí con el libro en el regazo y la lámpara encendida hasta tarde, que es como se leen los libros que le importan a una.
Lo cerré con esa sensación rara de no querer que la familia se marchara todavía, de quedarme un rato más en esa casa que no es mía pero que durante unas horas lo ha sido un poco. Merece la pena dejarse encontrar por este libro. Y, después, mirar con otros ojos las llaves que guardamos sin saber muy bien por qué.
— Ángela de Claudia Soneira








