Hay libros que no piden permiso. Entran por la ventana rota cuando menos te lo esperas, y antes de que puedas encender la luz ya tienen los dedos en tu garganta. Los tres relatos que conforman Nunca cruces ese umbral, de Mariana Enríquez, pertenecen a esa estirpe de ficciones que no vienen a entretener sino a inquietar, a descolocar, a dejar en el lector una hendidura que tarda semanas en cerrarse.
Enríquez lleva años siendo el secreto a voces de la narrativa latinoamericana. Los que la conocemos desde Las cosas que perdimos en el fuego sabíamos que era una voz diferente, una escritora que había entendido que el terror literario no se mide en sustos sino en atmósferas, no en monstruos sino en los vacíos que los monstruos dejan. Esta antología de tres relatos, ilustrados por Santiago Caruso —cuya mano parece nacida para este propósito—, confirma algo que ya intuíamos: la escritora argentina no está en el apogeo de su carrera, está en la cima de un género.
El primer relato sitúa al lector en los márgenes de Buenos Aires, en esa zona donde la ciudad se deshilacha y la realidad empieza a tener grietas. Una mujer que investiga desapariciones, una casa que lleva décadas esperando a que alguien cometa el error de cruzar su umbral. Enríquez no explica el horror: lo muestra, con la frialdad de un forense y la precisión de una poeta. El segundo relato cambia de escenario pero no de temperatura: la Argentina convulsa de los setenta, los desaparecidos como materia prima del miedo, la historia como caldo de cultivo de lo sobrenatural. El tercero es quizás el más perturbador: una protagonista que encuentra en el cuerpo enfermo de su madre algo que no debería estar ahí, algo que la medicina no puede nombrar.
Los tres comparten una gramática del espanto que Enríquez ha ido perfeccionando a lo largo de su obra. No hay efectismos fáciles. No hay trampa ni cartón. Hay, en cambio, un conocimiento profundo de cómo funciona el miedo en la mente humana, de cuándo acelerar y cuándo dejar que el silencio trabaje. Hay también, y esto la distingue de tantos imitadores, una densidad política que ancla el terror en lo real: el cuerpo de la mujer como campo de batalla, la memoria histórica como herida que supura, el Estado como monstruo que no necesita colmillos para devorar.
Santiago Caruso, el ilustrador de este volumen, no complementa el texto: lo amplifica. Sus imágenes son tan perturbadoras como las páginas que acompañan, y el libro como objeto resulta una experiencia estética completa, un artefacto diseñado para producir incomodidad.
Hay quien me dirá que el terror es un género menor. A esa gente le recomendaría que cruzara el umbral que da título a este libro y comprobara, desde dentro, lo equivocados que estaban.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








