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Lo que esconden los archivos de familia

Tengo un problema con los libros que hablan de la Unión Soviética: o me parecen fascinantes o me producen una somnolencia de la que solo me recupero con café y ventana abierta. No hay término medio. Así que cuando me llegó Koljós, de Emmanuel Carrère, lo cogí con la misma cautela con que se coge un vaso que no sabes si está frío o caliente. Y me quemé. Pero de esa forma agradable que tiene quemarse con un libro bueno.

Carrère es uno de esos escritores que no distinguen entre el yo que escribe y el yo que vive, y eso, que en manos de un escritor menor resultaría narcisismo puro, en las suyas es un método que funciona. En Koljós —que es el nombre ruso de las granjas colectivas, palabra que nunca aprendí a pronunciar correctamente aunque lo intento cada vez que me pregunta alguien— el escritor francés se adentra en la historia de una granja colectiva soviética y en las vidas de quienes la habitaron, y lo hace con esa mezcla de reportero y novelista que le ha convertido en el gran cronista de la Europa contemporánea.

Lo que más me sorprendió, y mira que he leído a Carrère, es la ternura. No esperaba ternura. Esperaba la lucidez habitual, el análisis certero, el detalle que lo cambia todo. Y encontré también, entre los archivos y los testimonios y las ruinas de lo que fue un proyecto colectivo, algo que se parece mucho a la compasión. Hacia los que creyeron. Hacia los que no creyeron pero fingieron. Hacia los que sobrevivieron y tuvieron que vivir con la contradicción de haber sobrevivido.

El libro tiene esa virtud que tienen los mejores libros de no ficción: la capacidad de hablar de algo muy específico —una granja soviética en una región que la mayoría no podríamos localizar en el mapa— y que, al cerrarlo, sientas que te ha hablado de algo universal. Del fracaso de las utopías. De lo que hacemos con la memoria de los errores colectivos. De cómo las generaciones que no vivieron el horror arrastran, de formas que no siempre comprenden, el peso de ese horror.

Mi madre siempre decía que los problemas de las familias son los problemas de los países, solo que en pequeño. Leyendo Koljós pensé que tenía razón, como casi siempre. Lo que Carrère encuentra en los archivos de aquella granja es lo que encontraríamos en los archivos de cualquier familia que haya vivido una catástrofe: el silencio, el reajuste de la memoria, la versión oficial y la versión que se cuenta en voz baja.

No sé pronunciar bien la palabra koljós. Pero sé que voy a tardar mucho tiempo en olvidar este libro.

— Ángela de Claudia Soneira

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