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Los días que no existieron, de Daniel Ramírez. El mal no llega de fuera

Se ha vendido «Los días que no existieron» como el thriller de un periodista de éxito. Lo es, si uno quiere quedarse ahí. Pero conviene decirlo desde el principio: la novela con la que Daniel Ramírez García-Mina debuta en Espasa no está construida para responder quién mató, sino para dejar al lector sin coartada. La pregunta que sostiene sus páginas —qué habrías hecho tú de haber estado ahí— no es un adorno de faja. Es el mecanismo entero del libro.

La trama se deja resumir sin gran esfuerzo. Julia, treinta años, periodista, tira de unos papeles que la conducen hasta Gustav Hafner, un nazi viejo que ha sobrevivido a todo, incluida su propia biografía; y ese hilo, que parecía ajeno, termina desembocando en un crimen que la persigue desde la infancia. Hasta aquí, la maquinaria del género. Lo interesante empieza cuando uno advierte que Ramírez no usa el pasado como decorado histórico ni como reserva de villanos cómodos. Lo usa como espejo. El pasado no está ahí para que lo juzguemos: está ahí para que nos reconozcamos.

Hay que insistir en una cosa, porque casi todas las reseñas que ha recibido el libro han pasado por encima de ella. La novela no reparte condenas. El narrador no subraya, no corrige a sus personajes, no se coloca por encima de ellos con la ventaja retrospectiva del que ya sabe cómo acabó todo. Esa renuncia es una decisión formal y también moral, y es lo más arriesgado que hace el libro. En un momento en que la literatura española sobre memoria tiende a llegar con el veredicto escrito de antemano —y con el lector convocado a asentir—, Ramírez elige el camino incómodo: mostrar el proceso por el cual una persona corriente, en el ambiente adecuado, acaba haciendo lo que jamás se creyó capaz de hacer. Hannah Arendt está detrás, evidentemente. Pero no citada: trabajada.

Que el autor sea periodista se ha usado casi siempre como cortesía biográfica y alguna vez como sospecha. Ni una cosa ni la otra sirven. Ramírez viene de Onda Cero y de El Español, ha entrevistado durante años a quienes vivieron la guerra, el franquismo, la Transición y el terrorismo, y es pamplonés en una época en que serlo significaba tener el miedo dentro de casa. Eso se nota, y se nota bien: no en un exceso de documentación exhibida, sino en la manera de escuchar a los personajes. El oficio de preguntar deja huella en la prosa. Los diálogos no explican; dejan que el silencio haga su parte. Un novelista sin ese entrenamiento habría rellenado esos huecos.

El estilo es claro, sin barroquismos, deliberadamente transparente. Se le podría reprochar —y alguien lo hará— que la escritura no llama la atención sobre sí misma. Sería un reproche perezoso. La transparencia aquí es funcional: si la frase brillara, el lector tendría dónde refugiarse. Ramírez no se lo permite. La novela avanza a un ritmo alto, alterna la intimidad con secuencias de mucho movimiento, y administra la información con una precisión que solo se aprende escribiendo contra reloj. Donde sí se le pueden ver las costuras es en la extensión: hay tramos —sobre todo en el tercio central— donde la investigación de Julia se demora en confirmaciones que el lector ya ha dado por buenas. Una novela de esta ambición aguanta esos compases; no los necesita.

El personaje de Julia merece una discusión aparte. Es lo mejor y lo más frágil del libro. Lo mejor, porque Ramírez le concede algo que la novela española reciente concede poco a sus protagonistas femeninas jóvenes: capacidad de error sin castigo narrativo. Julia se equivoca, insiste, se obceca, y el texto no la corrige ni la redime. Lo más frágil, porque su herida de infancia funciona a veces demasiado bien como llave de la trama, y esa eficacia estructural amenaza con reducir a la mujer a su trauma. El libro lo esquiva, aunque por poco.

La recepción ha sido notablemente entusiasta y notablemente superficial. Se ha hablado de intriga, de ritmo, de páginas que se pasan solas. Todo cierto y todo insuficiente. Lo que hace este libro es más incómodo: propone que el mal no viene de fuera, que no es una anomalía importada por monstruos, sino una posibilidad doméstica que se activa en determinadas condiciones. Decirlo en 2026, en España, y decirlo sin señalar a nadie con el dedo, tiene un gesto político que no conviene pasar por alto. No es un libro que reparta bandos. Es un libro que se los quita al lector de las manos.

Que va por la segunda edición y que ha reunido en la contracubierta elogios de Carlos Alsina, Ana Iris Simón y Andrés Trapiello dice algo del respaldo con que ha salido a la calle, no de su valor. El valor está en otro sitio: en la disciplina con la que un autor que podía haber escrito la novela cómoda —la del periodista que destapa la verdad y sale limpio— eligió escribir la otra. La que ensucia. La que deja al lector calculando en voz baja qué habría hecho él.

«Los días que no existieron» no es una novela perfecta. Es una novela necesaria, que es bastante más raro. Y es, sobre todo, un libro que merece que se discuta en serio, y no solo que se recomiende.

— Ana María Olivares

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