Conviene decir desde el principio que Taiwan Travelogue no es una novela nueva. Se publicó en Taiwán en 2020, ganó allí el Golden Tripod, obtuvo el National Book Award estadounidense de literatura traducida en 2024 con la misma traducción de Lin King que ahora se premia, y ha llegado al International Booker de este mayo por la vía de su edición británica. Que un libro necesite seis años y cuatro premios para que Europa lo mire es un dato sobre Europa, no sobre el libro.
Y el libro merece que se lo mire. Yáng Shuāng-zǐ es el seudónimo compartido por dos hermanas gemelas, Yang Jo-tzu y Yang Jo-hui, y esa duplicidad de origen resulta ser el primer indicio de un procedimiento que atraviesa toda la obra. Taiwan Travelogue se presenta como la traducción al chino de un libro japonés de 1954, escrito por una novelista llamada Aoyama Chizuko y redescubierto décadas después. Trae introducción de una académica japonesa, notas al pie, epílogos de la hija adoptiva de la autora y notas de la traductora. Todo ello es falso salvo las notas de Lin King, que sí existe. En la primera edición taiwanesa la faja atribuía la autoría a Chizuko y la traducción a Yáng, y hubo lectores que se sintieron estafados al descubrir que la japonesa nunca había existido. Desde la tercera edición hay una nota editorial aclarándolo, lo cual es una lástima y también una lección sobre los límites de la paciencia del público.
La historia que envuelve todo ese aparato es aparentemente sencilla. Mayo de 1938. Chizuko viaja de Nagasaki a Taiwán invitada por el gobierno colonial japonés, que espera de ella la propaganda habitual. A ella no le interesan los banquetes oficiales: quiere ver la isla y comérsela entera, con un apetito que la propia novela califica de monstruoso. Le asignan como intérprete a una taiwanesa más joven, Ō Chizuru, a quien apoda Chi-chan. Los nombres de ambas comparten los mismos caracteres. El de la intérprete puede leerse Wáng Chiēnhò en mandarín, Ō Chizuru en japonés u Ông Tshian-ho̍h en taiwanés, según quién lo pronuncie y con qué derecho. Ahí está el libro entero.
Recorren la isla en tren. Cada uno de los doce capítulos lleva el nombre de un plato: arroz de cerdo estofado, té de melón de invierno, y así hasta el final. Se ha insistido mucho en la dimensión gastronómica y no es un error, porque la comida es aquí un sistema de conocimiento y de poder: quién cocina para quién, quién nombra los platos, quién puede permitirse el placer de comer sin pensar en lo que cuesta. Pero reducir la novela a un festín literario, como han hecho algunas reseñas anglosajonas encantadas con lo exótico, es exactamente el gesto colonial que el libro está desmontando.
Porque lo que ocurre entre las dos mujeres es un estudio sobre la asimetría. Chizuko se enamora. Chizuru mantiene una cortesía impecable que funciona como muro. La japonesa insiste, se cree generosa, ofrece llevársela a Japón, financiarle los estudios, salvarla de un matrimonio inminente. Y no entiende —el libro se encarga de que el lector sí lo entienda— que cada uno de esos ofrecimientos es una forma de la misma imposición. Cuando Chizuko le propone marcharse juntas, Chizuru dimite como intérprete. Es la única respuesta posible y es devastadora.
Natasha Brown, presidenta del jurado, formuló la pregunta central con exactitud: si el amor puede superar un desequilibrio de poder. La novela responde que no, o al menos no mientras quien tiene el poder siga creyendo que su afecto lo cancela. Hay un episodio en Tainan, la disputa entre dos alumnas de una escuela femenina, una japonesa y una taiwanesa, que las protagonistas investigan como aficionadas y que es el espejo exacto de su propia relación. Es la mejor decisión estructural del libro.
El duodécimo capítulo las reúne de nuevo. Pero la introducción apócrifa ha advertido cien páginas antes que ese capítulo no figuraba en el manuscrito original. Es decir: el reencuentro es lo que Chizuko habría querido, no lo que pasó. La ficción se desmiente a sí misma desde su propio aparato crítico, y el lector se queda con la evidencia de haber deseado un final que el libro le niega mostrándole cómo lo fabricó.
No todo funciona igual de bien. Christopher Shrimpton lo señaló en el Times Literary Supplement y no le falta razón: hay tramos en que la trama se adelgaza y la afición a las listas ralentiza la lectura. La tensión romántica, que el libro necesita para que su tesis duela, se mantiene más por acumulación que por escenas. Es una novela que convence más cuando se recuerda que mientras se lee.
Sigue inédita en español, y esto merece una discusión aparte. Hay traducciones al japonés, al coreano, al alemán, al italiano, al neerlandés, al noruego, al danés, al ucraniano y al griego. No al castellano. Un libro que ha ganado el mayor premio de literatura traducida del mundo anglosajón y que trata precisamente sobre lo que se pierde y se decide en una traducción, sin editor español que lo reclame. La ironía es demasiado perfecta para no señalarla.
— Ana María Olivares








