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Los apóstatas, de Gonzalo Celorio. Lo que se hereda sin pedirlo

Hay una costumbre que conservo desde que empecé a subrayar libros con lápiz de carpintero, y es la de guardar en la memoria no la trama sino el momento exacto en que un personaje deja de creer en algo. Me pasó leyendo a Graham Greene hace mil años, y me ha vuelto a pasar ahora, leyendo a un mexicano al que en España tardamos demasiado en tomar en serio: Gonzalo Celorio.

Celorio recibió el Premio Cervantes el pasado mes de abril, en el Paraninfo de Alcalá, con los Reyes delante y el discurso de rigor. Estas cosas, cuando pasan, tienen un efecto curioso en las librerías: la gente empieza a preguntar por libros que llevaban años en el fondo del catálogo. Uno de ellos es Los apóstatas, que Tusquets publicó en 2020 y que cierra, junto con Tres lindas cubanas y El metal y la escoria, la trilogía que el propio Celorio bautizó como «Una familia ejemplar» — título que ya avisa, a poco que uno conozca a este autor, de que la ironía va a hacer de las suyas.

Y hace de las suyas, en efecto, porque no hay nada ejemplar en esta familia salvo la constancia con que se hace pedazos. La novela sigue a dos hermanos, Eduardo y Miguel, empujados los dos hacia el sacerdocio por una educación de austeridad extrema — esa clase de austeridad que no deja hueco para la intimidad y que convierte la vocación religiosa en la salida más a mano. Los dos fracasan en ella. Y ahí empieza lo interesante, porque el fracaso los lleva a sitios opuestos: uno se mete de lleno en la teología de la liberación, trabaja con comunidades indígenas en México y termina metido en el proceso que acabó con la dictadura somocista en Nicaragua; el otro se obsesiona con el barroco mexicano hasta un punto que la propia novela describe como una posesión, con toda la carga religiosa que la palabra conserva incluso cuando ya no queda fe que poseer.

Celorio cuenta esto alternando la primera y la tercera persona con una naturalidad que no es fácil de conseguir — lo digo yo, que llevo años peleándome con los cambios de punto de vista y sé lo que cuesta que no chirríen. Aquí no chirrían. El lector pasa de estar dentro de la cabeza de uno de los hermanos a mirarlo desde fuera sin que se note la costura, y ese vaivén hace que la novela funcione casi como una liturgia: se reza, se duda, se vuelve a rezar.

Hay, además, un fondo histórico que Celorio no esconde ni disimula: la pederastia como una de las viejas miserias morales de la institución que ambos hermanos intentaron servir, y la crispación política de un México y una Nicaragua que no estaban para misas tranquilas. No es una novela de tesis, ni falta que le hace. Es una novela sobre lo que se hereda sin pedirlo — la fe, la culpa, la austeridad familiar — y sobre el poco margen que queda para escapar de esa herencia cuando uno nace, como nacieron estos hermanos, en una casa donde la vocación religiosa era casi la única salida decente para un muchacho con demasiadas ganas de vivir.

Se ha escrito, con razón, que este es un libro triste. Lo es. Pero es una tristeza que no busca compasión fácil ni golpes bajos: busca que el lector entienda por qué alguien puede pasarse la vida huyendo de una fe que ya no tiene, y por qué esa huida puede parecerse tanto, vista de cerca, a otra forma más lenta de fidelidad.

No sé si en España se ha reseñado esto con el cuidado que merece. Sospecho que no, porque aquí seguimos tratando a la literatura mexicana como si fuera una visita de cortesía cada abril, cuando toca premio. Celorio lleva escribiendo sobre esta familia desde 2006. Ha tardado seis años en llegarnos esta tercera entrega, y ha hecho falta un Cervantes de por medio para que le hagamos caso.

Léanlo, y no solo porque acabe de ganar un premio grande. Léanlo porque pocas novelas recientes cuentan con tanta precisión lo que cuesta dejar de creer sin dejar de sufrir por ello.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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