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Una filosofía de la risa, de Bernat Castany Prado. Reírse es una manera de mirar

¿A ustedes también les pasa que hay gente con la que se ríen y gente con la que no, y que esa frontera acaba siendo más definitiva que casi cualquier otra? A mí me ha ocurrido toda la vida. He tenido amistades que se deshicieron por asuntos graves y otras que se deshicieron, sin que nadie lo dijera en voz alta, porque un día dejamos de reírnos de las mismas cosas. Siempre me ha parecido un misterio con más fondo del que se le concede, y por eso me acerqué con curiosidad al libro de Bernat Castany Prado, que Anagrama publica con un título que promete lo que cumple: Una filosofía de la risa.

La premisa de partida es sencilla y muy buena: la risa parece un asunto menor, casi indigno de la filosofía, y sin embargo pocas cosas dicen tanto de una persona como aquello que le hace reír. Uno puede fingir sus lecturas, sus gustos musicales y hasta sus convicciones políticas. La carcajada no se finge, o se finge mal y se nota enseguida. Castany parte de ahí para recorrer una tradición larguísima que va de la ironía de Sócrates a las provocaciones de Diógenes, pasa por Montaigne, por Shakespeare, por Cervantes y por Borges, y llega a Bergson, a Freud y a Nietzsche.

Cuento la lista y me doy cuenta de que puede sonar a catálogo de asignatura. No lo es, y ese es el mayor acierto del libro. Castany no ha escrito una historia de las teorías del chiste —que las hay, y son un ladrillo respetable— sino un ensayo sobre cómo la risa nos coloca frente a la realidad. Diógenes no está aquí por erudito, está porque su manera de reírse del poder sigue siendo la más eficaz que se ha inventado. Y Cervantes tampoco está de adorno: hay unas páginas sobre el Quijote y sobre la diferencia entre reírse de alguien y reírse con alguien que a mí me han hecho pararme y volver atrás. Esa distinción, que parece de manual, es exactamente la que separa la crueldad de la compasión, y en los tiempos que corren no me parece un asunto menor.

Al autor se le nota profesor —lo es, de literatura hispanoamericana— en el buen sentido, que es el de saber explicar sin rebajar. Escribe con claridad, con humor propio (sería un desastre que un libro sobre la risa fuera solemne, y afortunadamente no lo es) y con esa generosidad del que quiere que le entiendan. Hay párrafos que se leen como una conversación de sobremesa larga, de esas que se alargan porque nadie quiere levantarse a por la cuenta.

Lo que más me ha interesado, ya lo digo, es la idea de la risa como forma de habitar el mundo y no como pausa dentro de él. Castany defiende que reírse es un modo de pensar: que hay una lucidez específica en la comicidad, capaz de desmontar solemnidades que ningún argumento serio consigue tocar. Una lo lee y piensa en las veces que ha visto caer a un pomposo no por una refutación sino por una broma bien puesta. Y piensa también, cómo no, en los regímenes que han perseguido a los humoristas antes que a los filósofos, que algo sabrán ellos de dónde está el peligro.

No todo me ha convencido igual. El tramo dedicado a los teóricos modernos —Bergson, Freud— es el más previsible del libro, quizá porque es también el más transitado, y ahí Castany se ciñe más a la exposición y arriesga menos. Y echo de menos algo sobre la risa de ahora mismo: sobre lo que ocurre cuando el humor se convierte en la lengua franca de las redes y todo el mundo hace chistes todo el rato hasta que nada tiene gracia. Hay una nota breve al respecto, pero se queda en nota, y era terreno fértil.

Con todo, es un libro que sale ganando en la relectura. Lo terminé, lo dejé una semana en la mesilla y volví a él por curiosidad, sin plan, abriendo por donde caía. Funciona muy bien así, a saltos, que es como funcionan los ensayos que están hechos de pensamiento y no de tesis. Y me dejó una idea rondando que sigue aquí: que la manera en que uno se ríe es también una manera de tratar a los demás, y que por eso el humor tiene una dimensión moral que solemos pasar por alto.

Al final volví a lo de mis amistades perdidas y creo que ya lo entiendo mejor. No es que dejáramos de reírnos de lo mismo. Es que habíamos empezado a mirar el mundo de otra manera, y la risa fue solamente lo primero que lo dijo en voz alta.

Léanlo con calma y a ratos, sin obligación de terminarlo en una semana. Es de los libros que agradecen que uno se los tome como quien alarga una conversación.

— Ángela de Claudia Soneira

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