Estuve el sábado vaciando el armario del fondo, ese que se abre dos veces al año y siempre en mala hora. Salió de allí una gabardina que fue de mi tía, de un beis que ya no se fabrica, con los puños deshilachados y un botón cosido con hilo de otro color. No me sirve, no me la pongo, no me la voy a poner nunca. La devolví a su percha con la misma solemnidad con la que se devuelven las cosas que uno sabe que no va a tirar. Y me acordé, doblándola, de que llevaba encima el libro nuevo de Milena Busquets, que va justamente de eso aunque no lo parezca.
Mujeres elegantes lo publica Lumen y son doscientas ochenta y ocho páginas. Aviso a navegantes: no es una novela. Es una reunión de textos breves que se mueven entre el ensayo personal, la autobiografía y algo que se parece bastante a una poética. Va del amor, de la belleza, de la amistad, de la maternidad, del estilo, de la literatura y del paso del tiempo, que dicho así de seguido parece el índice de una revista y que en la práctica funciona porque todos esos asuntos son, en el fondo, el mismo asunto.
Los materiales se repiten y ella no lo disimula: Proust, Cadaqués, la ropa, los hombres, la escritura misma y el recuerdo de su madre, la editora Esther Tusquets. Hay quien le reprocha volver siempre a la misma caja de fotos. A mí me pasa lo contrario: encuentro más honesto a un escritor que reconoce cuáles son sus cuatro obsesiones que a otro que finge tener quince. Uno escribe de lo que le duele y de lo que le divierte, y suele ser poca cosa y siempre la misma. Lo demás es documentación.
La idea que sostiene el título es más punzante de lo que sugiere la portada. Viene a decir que la elegancia, con todo lo que se le supone, no es lo más alto; que por encima están la vida y el arte. Y una piensa que eso es fácil de escribir hasta que ve el esfuerzo enorme que hace tanta gente por lo contrario, por que no se le note nunca el desorden. Reconocer que la elegancia es un segundo puesto tiene su mérito viniendo de alguien a quien se identifica precisamente con ella, y de paso desactiva el reproche antes de que nadie se lo formule.
Hay además un detalle biográfico que le da al libro una vuelta bonita. Busquets, que nació en Barcelona en 1972 y estudió Arqueología en Londres, fue durante años directora literaria de Lumen, el sello que fundó su madre. Con este libro vuelve a publicar ahí después de una temporada en Anagrama. Escribir sobre la madre en la casa de la madre, y encima habiéndola dirigido una, tiene algo de círculo que se cierra; y también, sospecho, de decisión que costó tomarse y que no se toma un martes cualquiera.
Detrás quedan Hoy recuerdo la tarde, También esto pasará, aquel libro de 2015 que se tradujo a más de treinta países y acabó llevado al cine, Gema, Las palabras justas, Ensayo general y La dulce existencia. Este de ahora es hermano gemelo de Hombres elegantes y otros artículos, que publicó en 2019. Mismo tono conversacional, misma ironía que no busca hacer daño, misma manera de escribir como si estuviera contándotelo a media tarde y sin ninguna prisa por llegar a la conclusión.
Carlos Mármol la situó en The Objective dentro de la autoficción de los nacidos en los setenta, junto a Gonzalo Torné o Marcos Giralt Torrente, y describió su literatura como «liviana, sin excesivas complicaciones y netamente confesional», con el interés puesto en la naturalidad, el desenfado, el desaliño consciente y la ligereza. Es una descripción exacta, y me interesa porque señala también la trampa: parte de la crítica la ha etiquetado de escritora muy femenina, incluso algo frívola, en el registro de Françoise Sagan, y esa etiqueta, que suena a elogio, funciona en realidad como una manera educada de no leer del todo. Como si el desaliño consciente no fuese lo más difícil que hay. Yo he intentado alguna vez escribir ligero y sé lo que pesa.
Donde sí tengo dudas es en la extensión. Mármol observa que los libros de Busquets rara vez pasan de las doscientas páginas, y este tiene doscientas ochenta y ocho. La brevedad le sentaba bien: obligaba a que cada texto llegara afilado. Aquí hay piezas que se sostienen solas y hay otras que quizá vivían mejor en un periódico un domingo por la mañana, entre el café y la segunda tostada. No es un reproche grave. Es que el género pide leerse a sorbos y el volumen invita a leerse de un tirón, y a sorbos gana.
Volví a la gabardina de mi tía cuando terminé. Sigue en su percha, sigue sin servirme y sigue sin que yo vaya a deshacerme de ella. Este libro explica bastante bien por qué, y lo hace sin ponerse trascendente, que en estos asuntos es casi lo único que se agradece.
— Ángela de Claudia Soneira









