La narrativa histórica de largo aliento —la que construye un mundo a lo largo de varios volúmenes, la que exige del lector memoria y del autor coherencia— tiene en la literatura europea contemporánea muy pocos ejemplos tan sólidos como la saga M. de Antonio Scurati. El quinto y último volumen, El fin y el principio, llega ahora a España con la carga añadida de ser el cierre de un proyecto que se ha extendido durante casi una década y que ha convertido la figura de Mussolini en uno de los retratos literarios más complejos y perturbadores de la política del siglo XX.
Conviene situar este libro en su contexto. Scurati no es un novelista que haya tomado prestada la historia para construir un entretenimiento. Desde el primer volumen, su ambición ha sido más exigente: reconstruir desde dentro, con fidelidad documental y con imaginación narrativa, cómo fue posible el fascismo. No solo como fenómeno político sino como proceso psicológico, social y cultural. El fin y el principio aborda los seiscientos días finales del régimen, desde el golpe interno del Gran Consejo en 1943 hasta la ejecución en Piazzale Loreto en abril de 1945. El arco es conocido; lo que Scurati hace con él no lo es tanto.
Lo que distingue este volumen de una crónica histórica convencional es precisamente la atención a la degradación. Scurati muestra a Mussolini en su desintegración: un hombre que sigue creyendo en su personaje cuando el personaje ya no le sirve de nada, que sigue dictando discursos cuando nadie lo escucha, que sigue siendo el Duce en su cabeza mientras Italia arde. No hay aquí redención ni lucidez final. Hay algo más inquietante: la persistencia del delirio hasta el último momento.
El andamiaje documental —notas a pie, fuentes primarias, diarios coetáneos— no pesa sobre la narración, que tiene en esta entrega el mismo ritmo sostenido que caracterizó los mejores tramos de la saga. No obstante, merece la pena subrayar que la dimensión coral del libro, con personajes secundarios que encarnan distintas respuestas a la catástrofe del fascismo, alcanza aquí una complejidad mayor que en los volúmenes anteriores. Scurati ha aprendido, al cabo de nueve años de trabajo, que lo que rodea al monstruo dice tanto sobre él como el monstruo mismo.
La pregunta que deja El fin y el principio —y que Scurati tiene el buen juicio de no responder explícitamente— es la misma que recorre toda la saga: cómo se construye un hombre capaz de eso, y qué parte de esa construcción es responsabilidad de quienes lo miraron. Es, en definitiva, una pregunta que no tiene fecha de caducidad.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








