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Enviado especial, de Arturo Pérez-Reverte. El reportero que no se fía de la memoria pero la usa

Conviene recordar, antes de abrir Enviado especial, qué fue Arturo Pérez-Reverte antes de ser uno de los novelistas más leídos de España. Fue corresponsal de guerra durante más de veinte años: Chipre, el Líbano, las Malvinas, el Sahara, Angola, Mozambique, el Golfo Pérsico, Bosnia. No fue corresponsal de salón. Fue de los que se quedan cuando los demás se van. De esa experiencia nació, con el tiempo, una manera de escribir ficción que ningún taller podría enseñar: la de quien ha visto lo suficiente como para saber que la realidad no necesita adornos.

Enviado especial es su regreso explícito a ese material. No como novela, sino como testimonio. La escritura de crónica que reúne aquí tiene la marca de quien ha aprendido que la precisión y la emoción no son incompatibles: son, en el mejor periodismo literario, la misma cosa. Pérez-Reverte escribe en estas páginas desde la distancia que da el tiempo, pero sin que esa distancia enfríe lo narrado. El resultado es un libro que funciona a la vez como memoria y como declaración de principios sobre el oficio.

Lo interesante aquí reside en la tensión que recorre el libro de principio a fin: la tensión entre el periodista que registra y el escritor que interpreta. En las mejores crónicas de este volumen, esa tensión no se resuelve; se sostiene. Pérez-Reverte no pretende la objetividad del archivo ni la omnisciencia del narrador novelístico. Escribe desde el yo de alguien que estuvo allí, que cometió errores de perspectiva, que vio algunas cosas mejor que otras. Esa honestidad sobre los límites del testigo es uno de los valores más sólidos del libro.

La prosa es, como siempre en él, limpia y rítmica, con esa oralidad construida que parece fácil y no lo es. No obstante, lo más revelador no es el estilo —que conocemos de sobra— sino la selección. Qué ha elegido contar y qué ha dejado fuera dice tanto sobre el autor como lo que aparece en la página. Enviado especial no es una memoria exhaustiva sino una cartografía selectiva: los momentos en que la guerra mostró algo que Pérez-Reverte no había sabido poner todavía en palabras.

Merece la pena subrayar que el libro se lee también como un ajuste de cuentas silencioso con cierta idea de la literatura de no ficción que se ha puesto de moda. Frente a la no ficción que se doblega ante el mercado editorial —el arco emocional prefabricado, el trauma como estructura, la resolución final que tranquiliza al lector—, Pérez-Reverte ofrece aquí algo más incómodo: crónicas que no siempre terminan bien, que no siempre enseñan una lección, que a veces simplemente constatan lo que hay.

Es un libro necesario en su catálogo y un recordatorio útil, en tiempos de sobreproducción narrativa, de lo que puede hacer la prosa cuando está al servicio de algo que de verdad ocurrió.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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