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Las buenas intenciones, de Víctor del Árbol. El noir que no pide permiso para doler

Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro me parece que merece más atención de la que está recibiendo. Las buenas intenciones, de Víctor del Árbol, cierra una trilogía que ha tardado tres años en completarse y que, en mi opinión, es lo más serio que ha producido la novela negra española en lo que llevamos de siglo. Lo digo sin matices porque los matices en este caso confundirían más que aclarar.

Del Árbol lleva años trabajando en ese territorio incómodo donde el noir social y la literatura de tesis se dan la mano sin que ninguno de los dos salga perdiendo. Sus novelas no son cómodas de leer: los personajes no se dividen entre buenos y malos, los crímenes tienen raíces en estructuras que el relato policial convencional prefiere ignorar, y el protagonista — ese sicario sin nombre que ha ido creciendo de entrega en entrega hasta convertirse en uno de los personajes más complejos de la narrativa española reciente — no es un héroe aunque tampoco sea exactamente lo contrario.

Lo que Las buenas intenciones añade al conjunto es el cierre moral que la trilogía necesitaba y que Del Árbol ha tenido la inteligencia de no apresurar. Aquí el sicario llega a un punto en que las cuentas pendientes con su pasado no pueden aplazarse más, y el libro no le ofrece ninguna redención cómoda. Lo que le ofrece es, si acaso, comprensión — que no es lo mismo — y eso es, en la ficción seria, siempre más difícil de construir.

Juan Gómez-Jurado dijo hace poco que este es el mejor libro de novela negra publicado en España en 2026. Comparto el diagnóstico aunque con un matiz: Las buenas intenciones trasciende el género de la misma manera que lo trascienden Ellroy o Pelecanos — no porque sea mejor que el noir sino porque usa el noir para hablar de otra cosa. De las consecuencias de la violencia estructural, de cómo se fabrica un hombre para matar, de qué queda cuando ya no hay nadie a quien matar.

El libro tiene defectos. La primera parte arranca más lento de lo que necesita, y hay un par de subtramas que Del Árbol no termina de integrar del todo. Pero a partir del ecuador el relato se impone con una precisión y una fuerza que justifican con creces las páginas anteriores.

Lean la trilogía en orden, si no lo han hecho. Y si ya la leen, lean este cierre con la calma que merece. No se fíen de quien les diga que la novela negra española no da para esto. Víctor del Árbol lleva años demostrando que sí da.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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