Hay una pregunta que flota sobre La penúltima hora desde la primera página y que el libro, a su manera oblicua, va respondiendo a lo largo de sus cinco relatos: ¿qué escribe alguien que ha estado a punto de morir y ha decidido no escribir sobre eso? La respuesta de Rushdie es escribir sobre todo lo demás. Y todo lo demás resulta que también es, de algún modo, eso.
Tras Cuchillo —la autobiografía en la que narró el ataque de 2022 con una franqueza que dejó descolocada a parte de la crítica— Rushdie regresa aquí a la ficción con cinco relatos de tono crepuscular, como él mismo los llama. No son relatos sobre el atentado. Son relatos sobre la muerte como horizonte, sobre el legado y lo que uno quiere dejar dicho antes de que ya no haya más tiempo, sobre la libertad de expresión como acto de resistencia que no cesa ni en el umbral. El hecho de que Rushdie los haya escrito después de sobrevivir a lo que sobrevivió no es contexto: es parte del sentido.
Conviene decir que la recepción de este libro ha sido, en buena medida, perezosa. Se ha insistido en el valor testimonial —»Rushdie sigue escribiendo», «Rushdie resiste»— como si el interés del libro fuera biográfico y no literario. Es un error de perspectiva. La penúltima hora es un libro bien construido, con una conciencia formal que el autor lleva décadas ejercitando, y que aquí se pone al servicio de algo muy concreto: demostrar que la literatura puede contener lo que la realidad no sabe cómo procesar.
El relato que abre el volumen es el más explícitamente político y también el más oscuro: una fábula sobre el silenciamiento de los artistas en regímenes que no tienen nombre pero que todos reconoceremos. El que lo cierra es el más esperanzador, casi incómodo en su negativa a terminar en el pesimismo fácil. Entre medias, Rushdie transita entre el realismo y lo fantástico con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciéndolo y no necesita justificarlo.
No es su libro más ambicioso. Tampoco pretende serlo. Es un libro de quien tiene cosas concretas que decir y dice exactamente esas cosas, sin relleno y sin reverencias. En un autor como Rushdie, esa contención tiene algo de declaración en sí misma.
Este libro merece ser leído como lo que es: literatura, no testimonio. Y como literatura, se sostiene con solvencia.
— Ana María Olivares








