Un hombre en una cama de hospital, en Kiev, con el rostro desfigurado y sin un solo recuerdo, y una mujer que se sienta a su lado y empieza a contarle quién es. Así arranca, según la sinopsis de Salamandra, La historia de Romana y Uliana «Amadoca», de Sofía Andrujóvich, y a mí me basta esa imagen para entender por qué merece una lectura atenta. Hay algo de enorme ternura en el gesto de contarle a alguien su vida cuando él ya no la tiene, y hay también algo de enorme riesgo: quien cuenta decide qué parte de la verdad se queda en el relato.
La mujer dice a los sanitarios que el soldado es Bohdan, a quien lleva meses buscando, y que ella es Romana, su esposa. Le relata una vida compartida marcada por un amor intenso, y también la historia de una abuela, Sofía, cuyo gran amor determinó su destino, hasta llegar a la guerra y a la invasión rusa de Crimea. De ahí se abre el libro al siglo XX ucraniano, que la ficha resume con una enumeración difícil de leer sin detenerse: la represión estalinista, el Holodomor, el Holocausto, la guerra del Donbás. Una sola novela, quinientas cuarenta páginas, para que quepa tanto. No sé si son muchas o pocas; sé que la historia de Ucrania en ese siglo no cabe en menos.
La novela se publicó originalmente en 2020, en Ucrania, y su título alude a un lago semilegendario, Amadoka, que figuraba en los mapas de Ptolomeo. Me gusta que una novela sobre la memoria se bautice con el nombre de un lugar que quizá nunca existió. Es como poner en la portada la advertencia de que lo que se va a contar no se deja localizar del todo. La ficha lo dice de otro modo: la obra reflexiona sobre la memoria y la verdad como realidades inestables. Y yo, que me fío poco de los libros que presumen de certezas, me fío bastante de uno que anuncia la inestabilidad de lo que cuenta.
Debo decir, para ser honesta con ustedes, que no tengo la novela delante. Lo que sé procede de la ficha de la edición y de las referencias a la obra original, y hay detalles que no me atrevo a precisar porque las fuentes no coinciden del todo: por ejemplo, de quién es exactamente la abuela cuya historia se cuenta. Prefiero dejarlo en blanco a rellenarlo por adivinación. Si algo me enseñó el oficio de leer es que un dato inventado en una reseña envenena todo lo demás.
Lo que sí puedo compartir es la impresión que deja el planteamiento. Hay novelas que se ponen a contar una guerra y novelas que se ponen a contar a una persona que, de pronto, vive dentro de una guerra. Esta parece de las segundas, y por eso la historia grande (el hambre, el exterminio, la invasión) llega siempre filtrada por un hogar, por un amor y por una cama de hospital. A mí es lo que más me conmueve de la literatura: que lo enorme pase por lo pequeño y se haga soportable porque tiene cara.
Sé que esto suena a elogio sin pruebas, y lo es en parte, porque lo que alabo es la promesa del libro y no su cumplimiento. Me corresponde decir que quinientas cuarenta páginas son un compromiso, que 25 euros son una decisión, y que quien se acerque a esta novela debería hacerlo sabiendo que el territorio es duro. Pero también debería saber que alguien ha escogido empezar por una mujer que cuida de un desconocido y le dice, con paciencia, que se llama de una manera y que lo quieren.
Me detengo, antes de despedirme, en una idea que el planteamiento deja entrever y que no quiero convertir en afirmación: que el amor es una forma de archivo, lo que alguien conserva de otro cuando el otro ya no puede conservarlo por sí mismo. No sé si la novela la desarrolla así, y no voy a atribuirle intenciones que no puedo comprobar; digo solo que, si lo hace con la hondura que sugiere la ficha, es un libro para leer despacio, en varias tardes y con una libreta cerca.
Y ahí lo dejo, con la sensación de que a veces la memoria no es lo que uno recuerda sino lo que otros se empeñan en no dejar que olvide. Merece la pena que se dejen encontrar por este libro.
— Ángela de Claudia Soneira








